Tema 12: ¿Es razonable afirmar la existencia de Dios?


1.- EL TEMA DE DIOS, UNA CONSTANTE HISTÓRICA ABIERTA A LA RAZÓN.

Tema 12: ¿Es razonable afirmar la existencia de Dios?

Cuando, más arriba, hablábamos de las dimensiones constitutivas de la persona humana, hicimos referencia a la Trascendencia. Con este término nos referimos a la conciencia que posee el ser humano de la ordenación de su existencia a un fin último de plenitud; la apertura al fundamento de la realidad y la necesidad de un sentido para la propia vida. Dicho de otro modo, al ansia de felicidad.

Es un hecho a veces tozudo que sin un sentido, sin trascendencia, la vida humana se viviría en rigor para nada –seria una “vida intrascendente”-; por lo que todo en ella se convertiría en irrelevante, y la existencia humana misma vendría a ser un cierto absurdo, lo cual haría insoportable el vivir.

El psiquiatra vienés Viktor Frankl escribe: “Mi definición de religión es igual a la que ofreció Albert Einstein, y que dice lo siguiente: ‘Ser religioso consiste en haber encontrado una respuesta a la pregunta: ¿cuál es el sentido de la vida?’. Hay todavía otra definición, propuesta por Ludwig Wittgenstein, que dice lo siguiente: ‘Creer en Dios es comprobar que la vida tiene un sentido’.”

Si esto es así, plantear el sentido de la vida humana -del cual, por otra parte, dependen todos los demás asuntos que importan al ser humano-, tiene mucho que ver con el tema de Dios, con la existencia de un Ser Supremo, fundamento último de lo que existe, y con la posible relación entre ese Ser Divino y el ser humano. La universalidad del hecho religioso insinúa una aptitud religiosa connatural al hombre en virtud de su apertura a los últimos porqués.

La Filosofía, por todo ello, no puede sino preguntarse por Dios. Este Dios por el que la Filosofía se interroga vendría a ser el mismo del que hablan en general todas las religiones. Pero hay que advertir que se trata de dos planteamientos diferentes (aunque no necesariamente opuestos).

Las religiones aspiran a una relación “salvadora” que abarca toda la vida –no solo la racionalidad- y orienta el obrar moral, teniendo muy en cuenta la cuestión del “más allá de la muerte” y su relación con esta vida.

La Metafísica es la parte de la Filosofía que estudia racionalmente los últimos porqués de la realidad; se dirige a la inteligencia y busca sobre todo explicaciones racionales a preguntas como: ¿Por qué existe algo y no más bien nada…?, ¿por qué hay una diferencia radical entre el bien y el mal?, ¿qué es lo que de verdad hace feliz al corazón humano y por qué; especialmente en un mundo como este, a menudo golpeado por el sufrimiento y la injusticia?...

Son asuntos que interesan especialmente a la llamada “Teología Natural” o “Teología Metafísica”, distinta de la “Teología sagrada o sobrenatural”, basada en la posible revelación del Ser Divino al hombre y que este acoge por medio de la fe.

‘Dios’ no es empíricamente verificable (como lo son muchas cosas que podemos conocer con nuestra inteligencia y nuestros sentidos); pero ¿se puede llegar a Dios a través de aquello que sí lo es?

La existencia de Dios no es inmediatamente evidente. Si lo fuera, no haría falta demostrar su existencia y algunas de sus principales “cualidades”. Pero, ¿se puede demostrar racionalmente esto último?

No nos referimos aquí a la experiencia religiosa -es importante recalcarlo- sino a la filosofía, que es el saber racional primero.

Pero desde mucho antes de que el ser humano empezara a sistematizar el conocimiento racional en la antigua Grecia, con la aparición de la filosofía y de la ciencia (en el siglo VI a. Jc.), parece que hay algo en la realidad circundante que ha empujado a la afirmación de seres divinos y a la necesidad de comunicarse con ellos de algún modo, desde los primeros vestigios de lo humano en la prehistoria.

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2.- EL HECHO RELIGIOSO.

La religión –entendida como una relación entre Dios y el hombre referente a “la salvación” de este último- está basada en las creencias y en una espontánea intuición, mas no por ello sería de suyo irracional, en el sentido de “contraria a la razón”.

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Desde sus orígenes prehistóricos se registra una compartida convicción en el ser humano acerca de que Dios existe y actúa en la vida de los hombres -aunque sea ocultándose y a la vez revelándose a través de los fenómenos de la vida y del cosmos- y se hace presente en lo íntimo de la conciencia humana. Es un hecho que la humanidad, siglo tras siglo, tiene una cierta idea de Dios; muchos hombres, incluso, sin cultura intelectual alguna, se han sentido oscura pero fuertemente convencidos de que el nombre de Dios (en cualquiera de sus variantes) se refería a un ser realmente existente; y aún hoy, innumerables seres humanos mantienen la misma convicción.

De hecho, lo “normal” parece haber sido que el ser humano es religioso de alguna manera. Esta “normalidad” es independiente del grado de cultura, de la aptitud emotiva, de la edad o del sexo. Desde que tenemos noticia de los primeros seres humanos, encontramos vestigios religiosos; a lo largo de la historia la creencia en la divinidad y las prácticas de culto han estado presentes entre hombres y mujeres de una y otra latitud y época, tanto entre los campesinos como en las facultades de ciencias, con independencia de razas, edad, tradiciones… Aunque esta convicción no sea totalmente unánime ni coincidan sus modalidades concretas, lo generalizado de la misma hace legítimo, e incluso necesario, preguntarse seriamente si tiene o no algún fundamento.

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La pregunta racional por Dios

Así pues, ¿se puede afirmar la existencia de Dios también con la razón? ¿Es razonable que Dios exista? ¿Es la “hipótesis” de Dios una postura racional?, más aún, ¿existe la posibilidad e incuso la obligación intelectual de afirmar que Dios existe? ¿Y podemos saber qué es lo que define a Dios, cuál es su esencia, aunque sea de forma limitada? Afirmaba Emmanuel Kant (filósofo alemán del s. XVIII) que el concepto de Dios es el más difícilmente alcanzable, pero al mismo tiempo el más inevitable para la razón humana.

Aquí estaría el problema fundamental de lo que llamamos la “teología racional”, natural o filosófica. Aunque el hecho religioso es difícil de negar, Dios mismo no es evidente, es necesario demostrar su existencia. Pero la finalidad de esta demostración no es de suyo suscitar la fe en Dios, como si la fe dependiera de la claridad racional. Ciertamente, esto puede ayudar a “creer” (con la fe), pero se trata de dos ámbitos diferentes, de dos formas de conocimiento –razón y fe- autónomas (aunque congruentes, porque al ser ambas aproximaciones al conocimiento de la realidad, si ambas son acordes con ésta, nunca podrán contradecirse entre sí).

En el caso de la fe cristiana, se distingue entre ambas formas de conocimiento, razón y fe; pero se insiste en su armonía y colaboración.

Hay datos que se alcanzan exclusivamente por la razón (datos, por ejemplo, relativos a las ciencias empíricas). Hay otros que se alcanzan sólo por fe (son los llamados "artículos de fe": la Trinidad de personas divinas, la Encarnación de la segunda de ellas...) Y hay otros que pueden obtenerse por ambas vías (reciben el nombre técnico de "preámbulos de la fe": la existencia de Dios, la inmortalidad y espiritualidad del alma, la dignidad originaria de todo ser humano, la creación del mundo...) En éste último caso la aceptación no tiene lugar a la vez por ambas vías: en el momento en que algo ya resulta evidente, no tiene lugar la fe. Por eso, la fe cristiana pretende alcanzar el entendimiento de lo que se cree en la medida en que ello sea posible.

La Metafísica es la cima de la Filosofía. Se pregunta: ¿qué significa existir?, e intenta responder con rigor racional a esta pregunta. Pero de ella se sigue otra que es el género de explicación máximo al que aspira la razón humana: ¿Por qué existe algo y no más bien nada? ¿Cuál es el fundamento de la realidad?

La rama de la filosofía que se centra en el estudio racional del tema de Dios es la Metafísica y, más en concreto, la Teología Natural o Teología Metafísica. Ésta se dirige a Dios en cuanto primera causa de las cosas del mundo, en cuanto Ser y fundamento de toda la realidad. No pretende dar forma intelectual a convicciones religiosas para suscitar la conversión a la fe, aunque eventualmente puede ayudar en esa tarea, sino que, más propiamente, procura llegar a una comprensión racional acerca de Dios, su existencia y su naturaleza, según el método y rigor propios de la Metafísica.

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3.- POSTURAS ANTE LA EXISTENCIA DE DIOS.

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Agnosticismo. Ya hemos indicado que la existencia de Dios no es inmediatamente evidente para nosotros. La negación de la posibilidad de demostrar racionalmente la existencia de Dios recibe el nombre de agnosticismo.

Hablando con rigor, el agnosticismo no es lo mismo que el ateísmo. El agnóstico no niega, en principio, la existencia de Dios, como hace el ateo; lo que rechaza es la capacidad del hombre para probar argumentativamente dicha existencia.

Suele distinguirse entre el “agnosticismo negativo”, propio de quien rechaza explícita y definitivamente toda posibilidad de acceder a Dios por medio de la razón (Protágoras, Ch. Darwin, Th. Huxley, B. Russell, el Neopositivismo…) y el “agnosticismo positivo”, que carece de seguridad a propósito de este conocimiento, pero se halla abierto, como en búsqueda; duda de haberlo hallado y reconocido más allá de un simple “algo tendría que haber”. Pueden considerarse dentro de esta modalidad el poeta Rilke, M. Unamuno o Vaclav Havel.

Fideísmo. Puede darse en algunos autores o corrientes un agnosticismo desde el punto de vista racional, pero a la vez un fideísmo, según el cual se admite la existencia de Dios por la fe (o por otros medios como el sentimiento o la racionalidad moral –en el caso de Kant, por ejemplo-) pero se niega o se duda seriamente de poder conocerlo racionalmente. Pueden citarse aquí, entre otros, el Islam, Guillermo de Ockham, Nicolás de Cusa, Lutero, Calvino, Pascal, S. Kierkegaard…

Falta aquí el recurso a la Metafísica, según el cual la existencia del universo no se explica por sí misma, lo cual remite a la existencia de una Causa –Dios- que está por encima de él.

Ateísmo. El caso del ateísmo es más rotundo: se niega expresamente la existencia de Dios. En líneas generales, el ateísmo puede ser práctico o teórico.

Hay un ateísmo práctico en quien –sin elaboraciones teóricas– se comporta como si Dios no existiese, es decir, sin preocuparse para nada de su existencia y organizando la propia vida privada y pública prescindiendo de la existencia de cualquier Principio absoluto trascendente. Y hay un ateísmo teórico, el de quienes niegan la existencia de Dios, como conclusión de un proceso intelectual (algunos sofistas, Epicuro, Hobbes, Hume, P. Bayle, Diderot, Feuerbach, Marx, Nietzsche, Freud, Sartre…)

Frente al ateísmo “clásico”, que entiende que la “facticidad del mundo” no requiere de un Creador, el “ateísmo contemporáneo” viene a ser una negación de Dios como exigencia necesaria para la afirmación del hombre y de lo humano, como si se tratase de dos realidades excluyentes. Se concibe al hombre como un ser autosuficiente, en el sentido de que no se debe a nadie ni “es para” nadie. Si el hombre es libre, entonces Dios no puede existir porque sería un límite evidente para la autoafirmación de la voluntad humana. Se podrían incluir en este caso Feuerbach, Marx, Nietzsche, Freud y Sartre.

Otra variante del ateísmo contemporáneo, que puede considerarse también como un “indiferentismo”, es el modelo economicista de sociedad y de civilización según la cual el “hacer”, el “placer” y el “tener” humanos, plasmados en el consumismo, resolverían los principales problemas y ansiedades del ser humano, lo que haría de Dios un ser innecesario. Se trata más bien de un ateísmo práctico, de un pragmatismo –en el que la verdad y la realidad son sustituidas por la utilidad y la eficacia- merced al cual se puede diseñar o soportar la vida humana al margen de Dios, como si Éste no existiese.

El materialismo y el ateísmo teóricos tratan de excluir a Dios como condición para que el hombre sea de verdad libre, autónomo e independiente –en cierto modo, “creador de sí mismo”-; para ello intentan amordazar y negar el ansia de Dios como algo “alienante”. El ateísmo economicista, el materialismo pragmático, por su parte, narcotizan dicha ansia y quizá de una manera, si cabe, más eficaz, puesto que el ansia de Dios se aplasta con más facilidad por medio del egoísmo cómodo, del consumismo y de la opulencia -“no necesito a Dios, yo me basto”- que por medio de la violencia o la estricta negación.

Teísmo. El término “teísmo” viene a significar la afirmación teórica y práctica de Dios. Supone que Dios puede ser conocido de manera incompleta pero cierta por medio de la razón humana, y que Dios puede revelarse al ser humano, de modo que la fe religiosa sería la apertura y aceptación del mensaje revelado por Dios.

Deísmo. Muy distinto sin embargo del teísmo es el llamado “deísmo”, que admite la existencia de un Ser supremo, creador (arquitecto) y diseñador del universo físico, pero impersonal, distante y lejano, que no interfiere en el mundo, en el destino del ser humano y de la historia. Y por supuesto niega igualmente la idea de una revelación divina y de religiones fundadas en lo sobrenatural. Se acerca a una identificación de Dios con la Naturaleza o con una Fuerza natural, y viene a ser como una “idea o razón explicativa” del orden cosmológico y ético, anterior a las decisiones humanas.

Panteísmo. No muy lejano temáticamente al deísmo es el panteísmo. Este término significa que “todo es Dios”. Dios no es de ningún modo un ser personal y niega su trascendencia (en el sentido de que es distinto y superior al mundo) al identificarlo con el conjunto total de las criaturas o seres de la realidad. Rechaza la distinción de Dios respecto del mundo. Una concepción de este tipo puede hallarse en el budismo, por ejemplo.

A lo largo de la historia de la filosofía el panteísmo ha presentado varias modalidades, como el panteísmo emanatista, para el que el mundo sería una prolongación, emanación o desarrollo necesario (y no libre) del mismo Dios (Plotino, Avicena, G. Bruno, etc.). Puede hablarse también de un panteísmo evolucionista o materialista, según el cual el mundo evoluciona por su propia deriva, a la vez azarosa y necesaria, suscitando paulatinamente la aparición de todos los seres a lo largo del tiempo (Diderot, D’Holbach, Darwinismo, R. Dawkins…)

Pero quizás los representantes más importantes del panteísmo filosófico (además del precedente de la filosofía presocrática, como en el caso de Heráclito, entre otros) sean Spinoza y Hegel. Spinoza identifica a Dios con la “Sustancia universal” y con la “Naturaleza”, todos los entes de este mundo serían atributos o modos de la Sustancia única. Para Hegel, el mundo no es más que el despliegue cada vez más perfecto de la realidad que, siguiendo un “plan racional”, se desarrolla hasta el momento de su plenitud definitiva que es el Espíritu Absoluto, del cual todas las cosas no son más que momentos finitos paulatinos, “negativos” (provisionales) encadenados por una lógica hecha de negaciones y conflictos, la dialéctica, y que culmina en una Autoconciencia Plena, que es la perfección Absoluta de Dios.

Ontologismo. Es una postura filosófica que mantiene que Dios es lo primero que alcanza nuestro conocimiento, de modo que su existencia resulta inmediatamente evidente por una especie de intuición intelectual o afectiva, y por lo tanto su demostración es superflua. Los filósofos más destacados en esta postura son Malebranche, Gioberti y Rosmini.

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4.- DE LO EVIDENTE A LO NO EVIDENTE.

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Los neopositivistas, en el primer tercio del s. XX, decían que la proposición “Dios existe” carece de sentido porque no es empíricamente verificable. Efectivamente, “Dios” no es empíricamente verificable, pero tal vez se puede llegar a Dios a través de aquello que sí lo es.

Aquí está el nudo de la argumentación tomista, por ejemplo, siete siglos antes. La fuerza argumentativa de las cinco vías tomistas se encuentra en la posibilidad de que haya verdades evidentes y otras menos evidentes y que las evidentes nos sirvan de base para llegar a las no evidentes.

Pongamos un ejemplo sencillo: no es evidente que quien lee este escrito es mortal. No es evidente porque, si lee este escrito, por el momento al menos, está tan vivo como el que lo escribió, al menos durante el tiempo que empleó para hacerlo. No es evidente, inmediatamente, que sea mortal. Es evidente más bien lo contrario: quien lee este artículo está vivo.

Sin embargo, se puede afirmar con verdad que quien lee este escrito es mortal porque, dado que es evidente que el lector es un individuo que pertenece a la naturaleza humana, y dado también el hecho de que haya tantos muertos en el cementerio, se concluye evidentemente que quien pertenece a la naturaleza humana es mortal; por lo tanto, puede afirmarse con notable certeza que el lector lo es. Y decir lo contrario sería ir contra la evidencia, no la evidencia inmediata, sino una evidencia mediata. Es decir, hemos pasado de una verdad evidente a otra no evidente, y fruto de la argumentación se hace clara la verdad de la segunda.

¿Es posible llegar a la existencia de Dios de este modo? El profesor Marcelo Bravo Pereira pone un ejemplo al respecto. Imaginémonos que caminamos por un bosque. De pronto encontramos un árbol con una rama rota, colgando del tronco del árbol. ¿Qué pensamientos suscita en nosotros este fenómeno? Si la rama está rota y colgando del tronco, lo primero que nos preguntamos es: ¿”qué ha pasado aquí”? Generalmente las ramas de los árboles no crecen de este modo. Si veo por el contrario un árbol con todas sus ramas íntegras, no me hago más preguntas, es lo normal. Pero si encuentro una rama desgarrada y colgando, lo normal es que me pregunte qué pasó.

Ahora bien, ¿puedo saber, a partir de la rama cortada, quién rompió la rama?, ¿puedo saber si fue un animal o un hombre o el peso de la nieve o el viento?, ¿puedo saber el motivo por el cual un hombre –si es que fue un hombre– rompió la rama?, ¿si lo hizo por pura maldad o porque quería dar una señal a otra persona con la que había convenido?, ¿puedo saber el color de los ojos de esta persona, su edad, su estatura, su porte moral o espiritual? La respuesta a estas preguntas es obvia: no. No puedo saber todo esto porque existe una desproporción real entre el efecto (la rama cortada) y la causa (hombre, animal o fenómeno natural).

Ocurre lo mismo en el caso de Dios. Lo evidente para nosotros es el mundo natural, sensible, material, pero existe una desproporción enorme entre el Creador y la creatura. La creación es material y Dios –si existe– es espiritual (inteligente, libre...) Entre el mundo material y el ámbito espiritual hay una diferencia cualitativa, no solamente cuantitativa. ¿Sería lícito pasar del mundo material, sensible, a una realidad espiritual, inmaterial?

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Volvamos al ejemplo de la rama rota que cuelga del árbol. El hecho de que se dé este fenómeno no me dice gran cosa de su causa. Pero me dice que debe existir una causa. No sé lo que pasó con esta rama, tal vez nunca lo sabré. Pero sé al menos que “algo pasó”. Y esto lo sé con certeza. El árbol no pudo herirse a sí mismo, ni se puede hablar razonablemente de árboles que naturalmente hacen brotar ramas rotas. No se considera aquí las circunstancias del hecho (si el desgarrón es grande o pequeño, si está hecho en la parte gruesa o delgada del árbol, etc.). Lo que se considera aquí es el hecho mismo de estar roto. Es decir, la existencia misma del efecto me lleva a su causa. Ciertamente, se podría rebatir esto diciendo que la rama se quebró a causa de un defecto mismo del árbol y por lo tanto no por causa de algo externo. Sin embargo, también aquí tenemos que decir que hubo una causa. Ésta fue la deficiencia misma del árbol y la fuerza de la gravedad.

Con Dios pasa lo mismo. Partimos de lo que es evidente, es decir, de la realidad natural. La primera consideración, la más general que nos sugiere es que de hecho existe. Hay algo en vez de la nada. Este algo es diverso, multiforme, variopinto; pero también contingente, precario, cambiante, inestable... y por lo mismo, descubro que yo mismo y lo que me rodea pudimos haber sido diversamente de como somos actualmente. Si mis padres no se hubieran encontrado, yo no hubiera existido; y esto vale para todas las realidades naturales. Todo nos dice que todo pudo haber sido diversamente de como es. Es decir, no existe necesariamente o, lo que es lo mismo, es contingente. No encuentra en sí mismo la razón de ser de su existencia actual.

Ahora bien, la pura contingencia es irracional. Es como decir que la rama se rompió a sí misma sin ninguna causa. Esto es contradictorio: nada la rompió y sin embargo está rota. Pero si nada la rompió, entonces tendría que estar derecha como las demás. La imposibilidad de deducir las características de esta causa no afecta en lo más mínimo a la necesidad de que exista una causa. Referido a la existencia del mundo, de la realidad contingente, se da la misma afirmación: no sé cómo es esta causa, pero sé al menos dos cosas, en primer lugar que existe una causa, y en segundo lugar que tiene el poder, la capacidad, de influir sobre aquello que causa, es decir sobre el efecto. Al ver la rama rota afirmo con necesidad que primero hay una causa de esa rotura y, segundo, esa causa tiene la fuerza suficiente como para romper la rama.

Así ocurre con el universo contingente en su conjunto. De la nada, nada sale (como decían ya los filósofos eleatas en el siglo VI a. Jc). La existencia misma del mundo exige una causa, y esta causa debe tener tanta fuerza, tanta capacidad, al menos para estar en el origen del existir mismo del mundo.

De este modo podemos responder satisfactoriamente al problema fundamental: ¿es posible pasar de lo evidente a lo no evidente en la argumentación sobre la existencia de Dios? Sí, es posible. Lo evidente es el ser mismo de las cosas y su insuficiencia, su incapacidad para autojustificarse. Ese ser contingente -la contingencia de tantas cosas que existen pero podrían no haber existido- goza para nosotros de evidencia. Exige entonces la afirmación de una causa proporcionada, que por ahora no es evidente; una causa capaz de crear, de dar el ser que las creaturas no pueden darse a sí mismos. Que debe existir esta causa que da origen al ser de las cosas que no dan razón de su propia existencia, resulta una evidencia, cuya afirmación se deduce de todo lo anterior y adquiere por ello una evidencia mediata. A esta causa primera dice Tomás de Aquino, “todos llaman Dios”.

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5.- PRUEBAS FILOSÓFICAS DE LA EXISTENCIA DE DIOS.

Pasemos a hora a las formulaciones sistemáticas de mayor relevancia acerca de la demostración de la existencia de Dios en la historia de la filosofía.

Se llama demostración a un razonamiento en el que una afirmación aparece como clara y evidente (mediatamente) al mostrar que se deriva necesariamente de otra (llamada “principio”) que se sabe que es verdadera. En el caso de la existencia de Dios, el principio invocado es el principio de causalidad: Todo lo que no tiene explicación por sí mismo requiere la intervención de algo que lo ha producido.

Son diversas las demostraciones de la existencia de Dios que se han propuesto en el ámbito filosófico a lo largo de la historia. Las hay de diversos tipos. Si hubiera que sistematizarlas, distinguiríamos primero entre pruebas “a priori” (“a simultaneo”) y “a posteriori”.

Pruebas a priori son aquellas en las que, conocida la causa, se puede asegurar la existencia de un efecto (de las propiedades de ciertos elementos químicos se puede asegurar de antemano la reacción producida por su mezcla, por ejemplo). En nuestro caso, se pretende que de la noción (o de la esencia) de Dios se seguiría su existencia. Se trataría más bien de un procedimiento “a simultaneo”, puesto que su punto de partida no es previo (anterior, a priori) al efecto, sino correlativo con él: analizando la esencia divina se encontraría la existencia como uno de sus elementos o propiedades constitutivas o definitorias. El más famoso de los argumentos de esta índole es el presentado por San Anselmo de Canterbury en el siglo XI, que desde Kant se conoce con el nombre de “argumento ontológico”, y que viene a decir:

  • Dios es el ser más perfecto que podemos pensar.
  • Pero existir sólo en el pensamiento es menos perfecto que existir además en la realidad.
  • Por consiguiente, Dios existe tanto en el pensamiento como en la realidad.

Los filósofos críticos –Gaunilo, Santo Tomás de Aquino, Kant- le reprochan que se produce un salto injustificado, una confusión, entre dos tipos de perfección: la de la esencia, que es la que se da en nuestro pensamiento, que incluye todas las características que definen a una cosa (en este caso, a Dios), y la perfección de existir en la realidad (extramentalmente, por así decir), la cual, sin embargo, no forma parte de la esencia, ya que no entra en la definición de una cosa: una isla maravillosa sigue siendo “maravillosa” tanto si existe realmente como si se da en nuestra mente; 10 dólares pensados son tan “dólares” como 10 dólares contantes y sonantes. De un clavo pensado sólo se puede colgar un sombrero pensado, no uno real.

Pruebas a posteriori. Son los argumentos que parten del efecto para remontarse a su causa. Por ejemplo, de los síntomas de una enfermedad un médico puede deducir su causa al efectuar el diagnóstico. Es el tipo de demostración que cabría hacer de Dios: partiendo de los seres de los que tenemos conocimiento, nos elevamos hasta la Causa primera que los ha producido.

Santo Tomás de Aquino (S. XIII) agrupó en una de sus obras, la Suma teológica, cinco demostraciones inspiradas en varios autores, que siguen una misma estructura. Se conocen ordinariamente como “las cinco vías”.

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Aunque poseen una estructura semejante, no se trata de fases de un mismo proceso, sino de pruebas independientes entre sí. De hecho, en otros lugares expone sólo algunas de ellas. Tampoco excluye otras pruebas posibles.

La estructura de las cinco vías, inspirada en Aristóteles, es la siguiente:

1) Punto de partida.- Un hecho de nuestra observación inmediata, que constituye un aspecto del ente finito: el movimiento, la causalidad eficiente, la contingencia de los entes, los grados de perfección y el orden del mundo.

2) Primer principio.- Principio de causalidad: tal fenómeno observado exige una causa.

3) Segundo principio.- Imposibilidad de un proceso al infinito en una serie de causas esencialmente subordinadas.

4) Término de la prueba.- Según el punto de partida, se concluye en un único ser bajo cinco aspectos diferentes, una causa no causada que trasciende radicalmente en perfección a sus efectos. Se trata de un ser en el que no hay composición o limitación alguna, y que Tomás vendrá a identificar con el “Ipsum esse subsistens”, el acto de ser subsistente.

En los cinco casos o vías que expone Santo Tomás nos encontramos al final ante una causa primera, que es el fundamento de la realidad y a la que se llama Dios.

* * *

  • La primera vía toma como punto de partida el cambio o movimiento en las cosas de este mundo y asciende hasta el Motor Inmóvil (Aristóteles).
  • La segunda vía parte del análisis de la causalidad eficiente y se remonta hasta una Causa eficiente no causada.
  • La tercera analiza la contingencia de los seres finitos y se eleva hasta el Ser Necesario. Ambas vías, segunda y tercera, se inspiran en Avicena, y la 3ª también en San Agustín y Maimónides.
  • La cuarta, de corte platónico, considera los grados de perfección en los entes y deduce la existencia de un ser infinitamente perfecto.
  • Y la quinta, se inicia en la observación del orden y finalidad reinantes en los seres naturales para remontarse hasta una suprema inteligencia ordenadora del universo. Esta vía se encuentra en Averroes y es sugerida por Aristóteles.

Así enuncia Tomás, por ejemplo, la “vía de la contingencia” (3ª vía) en la Suma contra Gentiles:

“Vemos en el mundo ciertas cosas que pueden ser y no ser, como es el caso de las cosas generables y corruptibles. Ahora bien, todo lo que puede ser y no ser tiene una causa, porque, como de suyo está dispuesto por igual a lo uno y a lo otro –existir y no existir- ha de existir por alguna causa. Aristóteles ha probado que en las causas no cabe un proceso infinito. Luego tiene que haber un Ser Necesario, sin causa… y ese ser es Dios”. (SCG, I, 15)

La quinta vía es expuesta así por Santo Tomás en la Suma Teológica:

“La quinta se deduce a partir del ordenamiento de las cosas. Pues vemos que hay cosas que no tienen conocimiento, como son los cuerpos naturales, y que obran por un fin. Esto se puede comprobar observando cómo siempre o a menudo obran igual para conseguir lo mejor. De donde se deduce que, para alcanzar su objetivo, no obran al azar, sino intencionadamente. Las cosas que no tienen conocimiento no tienden al fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento e inteligencia, como la flecha por el arquero. Por lo tanto, hay alguien inteligente por el que todas las cosas son dirigidas al fin. Le llamamos Dios.”

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Las cinco vías son demostraciones metafísicas. Su punto de partida es una limitación constitutiva en el ser de las cosas. Se parte de la finitud ontológica de las cosas y tiene como culminación y llegada la plenitud del ser de Dios. Se trata de demostraciones “quía”, que solo nos dicen que existe una causa. No nos dicen, como las llamadas demostraciones “propter quid”, por qué esa causa ha producido esos efectos.

Pero se han planteado otros argumentos de distinta índole, que han recibido también gran renombre. Para distinguirlos de los “metafísicos” -los expuestos hasta aquí- podemos llamarlos argumentos “antropológicos”. Exponemos algunos de ellos brevemente:

Vía o prueba moral. Puede encontrarse en San Agustín y es de algún modo sugerida por Platón.

Se parte de la constatación de que en el ser humano existe en el fondo un ansia de felicidad, constitutiva de la naturaleza humana (es lo que hemos llamado más arriba “trascedencia”). Pero no sería lógico que en la naturaleza se diese una aspiración contradictoria. No tendría sentido esta aspiración si en la naturaleza humana no hubiera una fundada “capacidad de plenitud”. Ahora bien, tiene que haber “algo” que justifique esta aspiración a la felicidad más allá, incluso, de la muerte biológica. La experiencia de vacío existencial vendría a ser una demostración a la inversa (“por reducción al absurdo”) de que existe una realidad trascendente que puede colmar la existencia humana.

Prueba “ético-jurídica”. Puede atribuirse a Emmanuel Kant (s. XVIII) quien, por otra parte, negaba que nuestro conocimiento teórico (científico) pudiera alcanzar a demostrar como objeto suyo la existencia de Dios. Pues bien, Kant señala que existe una ley moral que descubrimos dentro de nosotros mismos, en lo que él llama nuestra “razón práctica”, y que aplicamos a nuestra vida. En efecto, experimentamos en nosotros mismos una conciencia o sentido del deber, que rebasa nuestra voluntad y en ocasiones la contraría (por ejemplo, sé que no debo traicionar a mis amigos, aunque a veces desearía hacerlo). Esta ley moral, que nos dice lo que debemos hacer y lo que no, sólo puede explicarse por la existencia de un Ser absoluto, capaz de interpelarnos de modo imperativo: Dios.

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Él es, además, Quien puede dar satisfacción en justicia a nuestras conductas, más allá de la muerte, por haber seguido o por haber contrariado la ley moral. Por otra parte, es inconcebible para la razón una vida cuyo único objeto y contenido sea soportar sufrimientos y contrariedades, o padecer injusticias. Por consiguiente, debe existir un juez supremo, Dios, que compense de manera proporcionada el sufrimiento y la injusticia que se padece en esta vida. Kant advierte de que estas consideraciones no responden a una demostración científica (ni metafísica), pero sí son, dice, un “postulado” de la razón práctica, un “tiene que haber” un Dios para que sea razonable una ley moral objetiva.

Prueba por las “verdades eternas”. Su autor es San Agustín (s. V). Observa que en nuestra inteligencia concebimos verdades inmutables, indudables: la propia existencia, verdades matemáticas, principios morales… Buscando la razón de su objetividad, Agustín rechaza que su origen esté en el hombre mismo, porque, aunque somos depositarios de la verdad, de esas verdades, nosotros no las hemos creado. Según él, han de tener su origen en un Ser igualmente inmutable y absoluto.

El “argumento de la apuesta” de Blaise Pascal. Pascal (S. XVII), famoso matemático y eminente pensador, no perteneciente a ninguna escuela, no valoraba demasiado los argumentos que se esgrimen a favor del “dios de los filósofos”; él prefiere mirar de frente al ”Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, que no tiene que ver con teorías abstractas sino con la vida misma. Por eso no se fía de argumentos lógicos. Es un Dios “no demostrable” –la razón no puede determinar si existe o no-; pero por Él hay que “optar” o “apostar”, ofreciéndole nuestra confianza.

Apostar por Dios equivale más bien a una actividad del corazón, entendido como una intuición existencial que capta como “razonable” esta decisión, porque percibe en ella la realización de sus deseos más profundos de felicidad. Está en juego nuestra felicidad. Apostar por Él es asunto del corazón, que entiende que sólo en la fe encuentra las respuestas últimas al por qué de su vida. Como dice Pascal, “el corazón tiene sus razones, que la razón no llega a comprender.”

El “argumento de la apuesta”, así pues, no será una demostración en sentido estricto, pero se muestra como un razonamiento convincente, que reta al sentido común y la lógica. Viene a decir que caben dos posturas, la de quien acepta a Dios y la de quien no. Ambas, en principio, pueden estar en la verdad o equivocarse… pero no tienen lo mismo que ganar o perder, ya que, si el que acepta a Dios resulta al final estar en la verdad, lo ganará todo, mientras que quien lo negaba, lo perderá todo. Ahora bien, si es al contrario, si se diese el caso de que Dios no existiera, el que aceptaba a Dios no pierde nada, pero quien le negaba no gana nada. Por ello, la apuesta tiene un sentido claro: hay que apostar por Dios.

“Hay que apostar; esto no es voluntario... Su razón no resulta más perjudicada al elegir lo uno o lo otro, puesto que es necesario elegir. Ésta es una cuestión vacía. Pero ¿su felicidad? Vamos a sopesar la ganancia y la pérdida al elegir cara o cruz acerca del hecho de que Dios existe. Tomemos en consideración estos dos casos: si gana, lo gana todo; si pierde, no pierde nada. Apueste a que existe sin dudar…. Hay una eternidad de vida y de felicidad que ganar… y nada que perder.”

Blaise Pascal (1670). Pensamientos. III, §233

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6.- ¿CUÁL ES LA ESENCIA DE DIOS?

Dios nos supera infinitamente y por ello no podemos comprenderlo plenamente, ni mucho menos. Pero sí podemos conocer algo acerca de su esencia. Lo mismo que a través de una obra de arte podemos llegar a atisbar algo de la personalidad y genio del autor, a través del conocimiento de las criaturas (efectos de la acción creadora de Dios), algo podemos conocer acerca de su Causa.

A través del conocimiento por analogía, que atribuye al creador en grado infinito las perfecciones que se aprecian en sus criaturas, viene a definirse a Dios como la Perfección infinita, en la que se dan los mejores atributos de la naturaleza finita de este mundo y singularmente del ser humano, pero de modo eminente y pleno: unicidad, perfección, bondad, omnipotencia, inmutabilidad, eternidad, sabiduría, amor perfecto… [De acuerdo con esta reflexión, se puede también llegar a la conclusión racional de que si el ser personal es el mayor grado de perfección entre los seres de este mundo, el Ser Divino también sería un Ser Personal (“Alguien” y no simplemente “Algo”), aunque de modo eminente, es decir infinitamente más perfecto que el hombre.] Así pues, Dios, causa primera y fundamento de la realidad y de las perfecciones finitas de este mundo, es el Ser pleno e íntegro, no limitado por ningún tipo de determinación (por una naturaleza o modo de ser restringido, finito), Santo Tomás lo denomina Ipsum esse subsistens. Se trata de un ser que existe por sí mismo y no depende de ningún otro, por cuya acción e intervención existen los demás.

A la dependencia total del mundo respecto de Dios es a lo que se llama Creación. Crear es conferir el ser a algo que no se debe a sí mismo. Esta es una conclusión que se sigue de la contingencia de los seres que forman parte de este mundo, que existen pero podrían no haber existido, y que pueden dejar de existir; y que por lo tanto, no se bastan a sí mismos para existir, para formar parte de la realidad. Dios es asimismo anterior y causa de la materia. La creación no fue un momento único inicial, ya terminado, sino que implica la permanente conservación y mantenimiento de la existencia de las criaturas a través del tiempo.

Tema 12: ¿Es razonable afirmar la existencia de Dios?

Dios al crear, lo hace exclusivamente desde la sobreabundancia (omnipotencia infinita) de su ser. San Agustín explica que la creación es un acto libre de Dios. No existe causa alguna que "obligue" a Dios a crear, (si la hubiera, ella sería superior a Dios). No hay otra causa que la misma Voluntad Divina (creó porque quiso), pero al tratarse de un acto libre sus motivos se nos escapan, racionalmente hablando. Cabe decir lo siguiente, tan sólo: si Él ha querido (quiere) que seamos, es que nos ha querido (nos quiere). Es decir, sólo podemos concebir en el designio creador un acto generoso, de donación gratuita y libre, esto es, de amor benevolente. Siendo Dios la suma per­fección, el Bien Sumo, podemos entenderlo como un bien difusivo, que es participado por las criaturas por un acto de radical donación otorgado por Él.

Mediante el acto creador, Dios confiere existencia a la criatura. Esa existencia se especifica o modula en una naturaleza o modo de ser dotado de una perfección determinada (por ejemplo, la naturaleza humana o la de un perro, la del agua, o la de un roble o una encina…)

La creación divina no excluye la posibilidad de un proceso evolutivo, a través del cual aquélla vaya dando lugar a especies e individuos de forma sucesiva a lo largo del tiempo. De este modo, las criaturas serían “causas segundas” -derivadas y dependientes de la Causa primera creadora, Dios- en la generación y actividad de los seres que forman parte de este mundo.

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7.- EL PROBLEMA DEL MAL Y DIOS.

El contexto en el que se plantea esta cuestión es el de la creación, entendida como la producción del ser de las cosas a partir del Poder Infinito de Dios. Es un acto de donación generosa, libre y gratuita en la que Dios extiende su Bondad constitutiva a las creaturas, incluidas las materiales. El autor que de un modo más temprano, profundo y directo ha planteado este problema es san Agustín, a cuya explicación nos ceñimos en lo fundamental. santo Tomas de Aquino la refrendaría con matices de mayor sistematicidad ocho siglos más tarde.

Si la creación es un acto de bondad, ¿por qué existe el mal en el mundo?, ¿cómo puede ser compatible con la bondad divina?

  1. En primer lugar, san Agustín se pregunta si Dios es la causa eficiente del mal, si éste es una creatura que suponga un Principio creador y responsable del mal.

    La respuesta es que el mal no es una "cosa creada por Dios", puesto que, de entrada, ni siquiera es propiamente hablando una cosa, una realidad subsistente, sino un vacío, una carencia o privación de algo que debiera poseerse por naturaleza, de una cierta cualidad o perfección requerida. El mal no es "algo sustantivo" que requiera una causa eficiente -un Dios malvado al estilo de los maniqueos o de Zaratustra, fundador de la religión persa-. Es más bien el efecto de una "deficiencia causal"; una causa deficiente, imperfecta (y no Dios, por lo tanto) da origen a un efecto defectuoso.

    Dios, Causa Primera de la realidad, crea realidades que son a su vez "causas segundas", dotadas de una cierta au­tonomía en el orden de su eficiencia (leyes y características naturales propias de cada cosa). La concurrencia de sus acciones puede originar conflictos o "choques" en la producción de sus respectivos efectos, eventualmente interferentes. Esto es lo que ocurre en el caso del MAL FÍSICO: catástrofes naturales, deficiencias físicas o biológicas, o el dolor físico, consecuencias de un desorden relativo en la evolución de la naturaleza.

    Existe además el MAL MORAL: la maldad, el pecado, el desorden voluntario, que es consecuencia de un mal uso del libre albedrío del hombre, siendo, por lo tanto, de su responsabilidad.
  2. Pero, entonces, y en segundo lugar, ¿por qué Dios tolera el mal?

    Respecto del MAL MORAL, porque esa tolerancia preserva la libertad del hombre y el valor moral de las acciones libres. Si el mal no fuera posible al elegir, tampoco existirían actos valiosos. La posibilidad de ha­cer el bien supone también la de no hacerlo. Las "malas acciones" están ­privadas de la debida conformidad al orden del Bien y del Amor.

    Tema 12: ¿Es razonable afirmar la existencia de Dios?
    En cuanto a los MALES FÍSICOS, San Agustín adopta una perspectiva "totalista" o global: desde un nivel "universal" y no parcial, son situaciones o acontecimientos que dan lugar a otros bienes, a menudo superiores incluso a nivel particular, y que contribuyen a un mayor bien general, a un ordenado desarrollo de la Naturaleza.

    Las dificultades o penalidades de la vida son ocasión para bienes espirituales, aquilatan el amor y, asumidas generosamente, hacen crecer moralmente.

* * *

No obstante, la razón no tiene la última palabra. Es necesario un esfuerzo moral de comprensión al que presta auxilio la fe:

El pecado original (acontecido en un momento histórico concreto, fruto de una rebeldía de la libertad humana) quebrantó el mundo verda­deramente querido por Dios, trayendo consigo la privación del bien, tanto a nivel físico (dolor, penalidades, lucha de inclinaciones...) como a nivel moral (tendencia a lo infrahumano, debilidad de la voluntad, oscurecimiento de la conciencia), y desviando al hombre de su itinerario a Dios.

Tema 12: ¿Es razonable afirmar la existencia de Dios?
El Greco: Expolio (fragmento)

Pero Dios no quiso que este estado de cosas, consecuencia de una libertad mal ejercida, fuera definitivo, por lo que intervino directamente en la historia humana por medio de la Redención. Cristo, Dios hecho hombre, asume el dolor y la muerte, venciendo de ambas con su resurrección. Claro es que esto último ya no es filosofía, sino una creíble historia de un Dios que la fe reconoce como Amor Personal a cada hombre.

Una última reflexión. A simple vista, puede parecer que la existencia del mal es un argumento contra la existencia de un Dios de Bondad. No obstante, si se piensa más detenidamente, habría que decir que la existencia del mal es, por el contrario, un hecho que resultaría absurdo si no existiera "un más allá del dolor" que le dé un sentido, es decir, un Ser Personal a quien el dolor humano no le sea ajeno ni indiferente.

La existencia de un Dios "cercano" al hombre puede ayudar a asumir la existencia del sufrimiento y del mal, de la indigencia y contrariedades del ser humano.

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ACTIVIDADES

CUESTIONARIO

1.- Compara dos posturas como el agnosticismo y el ateísmo: ¿Qué tienen en común y en que difieren? ¿Podría llegar a darse una cierta identificación entre ambos? ¿Por qué?

2.- ¿En qué se diferencian el “deísmo” y el “teísmo”?

3.- Comparar entre la Teología Natural y la Sobrenatural. Coincidencias y diferencias.

4.- ¿Qué relación puede existir entre la existencia o no existencia de Dios y el sentido de la vida humana? Razona tu respuesta.

5.- ¿Puede afirmarse que las religiones y la filosofía tienen el mismo Dios?

6.- Teniendo en cuenta el alcance y limitaciones de la razón humana para comprender lo que es Dios, ¿en qué sentido cabe afirmar que Dios es “totalmente Otro” con relación al ser humano y al mundo?

7.- Se habla de que Dios es la causa del mundo, como creador; pero ¿es correcto afirmar que Dios se ha creado a sí mismo? ¿Por qué?

8.- ¿Son incompatibles las nociones de “creación” y “evolución” del mundo? ¿Por qué?

9.- Explica a qué posturas acerca de la existencia de Dios corresponden los textos siguientes, justificando la respuesta:

A) “De los dioses no sabré decir si los hay o no los hay, pues son muchas las cosas que prohíben el saberlo, ya la oscuridad del asunto, ya la brevedad de la vida del hombre.” (Protágoras, Sobre los dioses. En Diógenes Laercio, Vida de los filósofos ilustres, 9)

B) “La vida pertenece también a Dios; porque la actualidad del pensamiento es vida, y Dios es esa realidad; y la actualidad autodependiente de Dios es la vida sumamente buena y eterna. Por eso decimos que Dios es un ser viviente, eterno, sumamente bueno; de modo que la vida y duración pertenecen continua y eternamente a Dios; porque esto es Dios.” (Aristóteles, Metafísica, 1072 b.)

C) “Debe atribuirse a una cosa aquello que se concibe claramente como incluido en la idea que la representa. Ahora bien, la existencia necesaria está incluida en la idea que representa un ser infinitamente perfecto. Por consiguiente debe decirse que el ser infinitamente perfecto existe… Si se piensa en él es preciso que exista” (N. Malebranche, Recherche de la verité, l. 4 c. 11 n 2-3)

D) “Existe Dios, sustancia única, absolutamente infinita, y fuera de Dios no puede darse ni concebirse otra sustancia. Por consiguiente Dios es causa inmanente de todas las cosas” (B. Spinoza, Ethica, I, pr. 14 y 18)

E) “La existencia de Dios significa la inexistencia del hombre, y la inexistencia de Dios significa la existencia del hombre. El ateísmo es la negación de Dios y, mediante esta negación de Dios, plantea la existencia del hombre.” (K. Marx, "Manustritos: economía y filosofía, pág. 156 Alianza Ed., Madrid)

F) “Aunque he cambiado de postura sobre la existencia de Dios, espero que mi pasada defensa del ateísmo y mis debates con los teístas demuestren mi interés sobre estas cuestiones. En realidad mi móvil ha sido siempre el mismo: la búsqueda de argumentos válidos que conduzcan a conclusiones verdaderas… Mi descubrimiento de lo divino ha operado en un nivel puramente natural, sin ninguna referencia a fenómenos sobrenaturales. Ha sido un ejercicio de lo que tradicionalmente es conocido como teología natural... En resumen, mi descubrimiento de lo divino ha sido una peregrinación de la razón y no de la fe.” (A. Flew: Dios existe. Pág. 90)

G) “Es evidente que subyace a toda labor científica de orden superior una creencia, parecida al sentimiento religioso, en la racionalidad o inteligibilidad del mundo... Esta firme creencia (imbricada con un profundo sentimiento) en una mente superior que se revela en el mundo de la experiencia representa mi concepción de Dios.” (A. Einstein. Ideas and Opinions, p. 49) “Y así, mi religiosidad consiste en una humilde admiración hacia el espíritu infinitamente superior que se revela en los detalles que somos capaces de percibir con nuestras frágiles mentes. Esa convicción profundamente conmovida de la presencia de un poder razonador superior, que se revela en universo de manera asombrosa, constituye mi idea de Dios.” (A. Einstein, The Quotable Einstein, p. 195)

APÉNDICE

Lectura sugerida

ANTONY FLEW: UN LUGAR PARA DIOS

Por Jesús Amado Moya, catedrático de física.

Tema 12: ¿Es razonable afirmar la existencia de Dios?

El 9 de octubre de 1845 John H. Newman fue recibido en la Iglesia Católica. Su conversión constituyó un auténtico terremoto. De no menor conmoción fue la “conversión” al teísmo del filósofo inglés Antony Flew (1923-2010). Hasta 2004, año en que anunció públicamente en un debate celebrado con ocasión de un simposio en la New York University su retractación de la incredulidad, se le consideró el paladín más ferviente, sincero y clarividente del ateísmo. Así lo atestiguaban más de 30 obras (“Dios: una investigación crítica”, “La presunción del ateísmo”, “Teología y falsificación”…)

Su retractación originó una reacción de sus anteriores correligionarios ateos que rayó en la histeria, y que en alas de Internet se difundió en forma de insultos, caricaturas grotescas e insinuaciones veladas como el declive de sus facultades mentales o la manipulación por extraños. A todo lo cual Flew dio cumplida respuesta con su obra “Dios existe” publicada en 2007, tres años antes de su fallecimiento. (Ed. Española, Editorial Trotta, 2012)

Si en el mundo anglosajón la “conversión” de Flew tuvo un eco tan amplio (a favor y en contra), en España apenas halló eco el “caso Flew” en los medios. Silencio que se prolonga hasta el momento actual. Curiosa asimetría mediática la que se da en todo lo relacionado con Dios o la religión.

Pero, volviendo a la evolución del pensamiento de Flew, en mi opinión lo más relevante de dicho acontecimiento es la influencia que tuvo en él el mundo de los conocimientos científicos. Cuando parece que tiene carta de naturaleza la oposición entre ciencia y fe, una persona relevante de la esfera intelectual viene a demostrarnos dos cosas. Primera, que no sólo no existe oposición entre ambas formas de acceso a la Verdad, sino que el diálogo entre ambas es posible y fructífero. Y segundo, que la filosofía constituye el “puente” idóneo, básico en dicho diálogo entre la Ciencia y la Teología. A la Filosofía compete estudiar propiamente el sentido más profundo de la realidad -de Dios, del hombre, del mundo- en la medida en que la razón puede hacerlo con sus solas fuerzas. Por otra parte, la Filosofía presenta también una considerable capacidad de integración de los saberes y de consideración de realidades que rebasan el campo de lo experimentable.

Volvamos a la narración de los hechos, extraídos de la citada obra de este profesor de las universidades de Aberdeen, Keele y Reading. Con 19 años ingresó en la universidad de Oxford con una conciencia clara de su ateísmo, pues él mismo declara que desde años antes defendía ante sus compañeros la idea de que la existencia de un Dios omnipotente e infinitamente bueno era incompatible con la existencia del mal.

Durante sus años de doctorado en Filosofía acudió frecuentemente al Socratic Club, un activo foro de debates entre ateos y cristianos presidido por el famoso escritor cristiano C.S. Lewis. Es allí donde leyó su trabajo “Teología y falsificación”, manifiesto ateo que llegó a convertirse en la publicación filosófica más veces reimpresa en el siglo XX. (…)

A la abundante producción literaria vino a sumarse en Flew la participación crítica frecuente en debates públicos sobre temas relacionados con la religión. Desde la existencia de Dios hasta la implicación de la cosmología del Big Bang, pasando por temas como ¿Qué significa “Dios te ama”?, ¿Es coherente el concepto de Dios?, ¿Sobre quién recae la carga de la prueba?, Flew reconoce que aquellos debates le ayudaron a perfeccionar más su propia dialéctica y le permitieron conocer a muchos rivales creyentes dignos de respeto.

Sobre lo que acabó creyendo y por qué, dice Flew en su libro Dios existe: “Es hora ya de que ponga mis cartas sobre la mesa, esto es, de que exponga mis propias opiniones y las razones en las que se apoyan. Creo ahora que el universo fue traído a la exis­tencia por una Inteligencia infinita. Creo que las intricadas leyes de este universo manifiestan lo que los científicos han llamado la Mente de Dios. Creo que la vida y la reproducción tienen su origen en una Fuente divina.

¿Por qué creo ahora esto, después de haber expuesto y defendido el ateísmo durante más de medio siglo? La breve respuesta es la siguien­te: tal es la imagen del mundo que, en mi opinión, ha emergido de la ciencia moderna. La ciencia atisba tres dimensiones de la naturaleza que apuntan hacia Dios. La primera es el hecho de que la naturaleza obe­dece leyes. La segunda es la dimensión de la vida, la existencia de seres organizados inteligentemente y guiados por propósitos, que surgieron de la materia. La tercera es la propia existencia de la naturaleza. Pero no es solo la ciencia la que me ha guiado. También me ha ayudado la reconsideración de los argumentos filosóficos clásicos.

Mi alejamiento del ateísmo no fue ocasionado por ningún fenóme­no o argumento nuevo. A lo largo de las últimas dos décadas, todo mi marco de pensamiento ha estado desplazándose. Este desplazamiento ha sido una consecuencia de mi continuo examen de los hechos de la naturaleza. Cuando finalmente llegué a reconocer la existencia de Dios, no se trató de un cambio de paradigma, que sigue siendo el que Platón atribuye a Sócrates: «debemos seguir la argumentación hasta dondequiera que lleve».

Se podrá preguntar cómo yo, un filósofo, me atrevo a hablar de asuntos tratados por los científicos. La mejor respuesta a esto es otra pregunta: ¿Se trata aquí de ciencia o de filosofía? Cuando estudiamos la interacción de dos cuerpos físicos —por ejemplo, dos partículas subató­micas— estamos haciendo ciencia. Cuando preguntamos cómo es que pueden existir esas partículas —o cualquier otra cosa física— estamos haciendo filosofía. Cuando extraemos consecuencias filosóficas de datos científicos, estamos pensando como filósofos”.

Flew desarrolla en su libro acertadas reflexiones en capítulos de títulos tan sugerentes como: “¿Quién escribió las leyes de la naturaleza?”, “¿Sabía el universo que nosotros veníamos?”, ¿Cómo llegó a existir la vida?”, “¿Salió algo de la nada?”, “Buscando un lugar para Dios”, y “Abierto a la omnipotencia”.

Finalicemos con sus mismas palabras: “El descubrimiento de fenómenos como las leyes de la Naturaleza ha conducido a científicos, filósofos y otros a aceptar la existencia de una Mente infinitamente inteligente. Algunos aseguran haber establecido contacto con esta Mente. Yo no lo he hecho; no todavía. Pero, ¿quién sabe lo que podría ocurrir en el futuro? Quizás algún día pueda oír una voz que dice: “¿Me oyes ahora?” (pág. 133, ed. Trotta).