Historia de las religiones

La religión, el hecho religioso y el sentido religioso. Las religiones arcaicas

Stonehenge se alza sobre un montículo en la vasta meseta de la campiña de Wiltshire, cerca de Salisbury, en Inglaterra. Al acercarse al lugar los monolitos aparecen de repente en la distancia. Es imposible no sentir admiración y algo de miedo en su presencia. Está formado por 2 círculos de piedra concéntricos rodeados por una profunda zanja. Se cree que se construyó a lo largo de 1.600 años.

Todavía no se sabe con toda seguridad para qué fue construido. Algunos dicen que era un templo, otros opinan que era un observatorio astronómico o un calendario prehistórico por cómo está alineado con el sol y la luna. O ambas cosas a la vez (para muchos es lo más probable). Hay en el lugar como una aureola de misterio. Stonehenge ha sobrevivido en pie milenios (se le calcula una existencia de más de 20 siglos) y nadie duda de que hay algo sagrado entre los círculos de piedra.


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La Araña Insensata

En una hermosa mañana una pequeña araña sujeta a la copa de un árbol muy alto por un fino hilo, se deslizó hasta cerca del suelo. Allí encontró un arbusto de tamaño más que regular y empezó su trabajo: comenzó a tejer una red. Ató el cabo superior al hilo largo por el cual había bajado; los otros cabos los fijó en las ramas del arbusto.

El resultado del trabajo fue una telaraña magnífica con la que podía cazar moscas con gran facilidad.

Pero al cabo de algunos días ya no le pareció bastante grande la red, y la araña empezó a ensancharla en todas las direcciones.

Merced al hilo resistente que bajaba de arriba, la obra pudo hacerse a las mil maravillas. Cuando en las madrugadas otoñales las brillantes perlas del rocío matutino cubrían la espaciosa red, parecía toda ella un velo recamado de piedras preciosas que centelleaban al ser atravesadas por los rayos del sol.

La araña se sentía muy orgullosa de su obra. La cosa iba bien, de tal forma que engordaba de día en día y lucía un abdomen respetable. Ya no se acordaba de lo esmirriada y hambrienta que había llegado a la copa del árbol hacía unos meses...

Una mañana se despertó de muy mal talante. El cielo estaba nublado; no se veía una sola mosca por los contornos; ¿qué haría en tan fastidioso día otoñal?

«Al menos daré una vuelta por la red —pensó por fin—; veré si hay algo que remendar.»

Examinó todos los hilos, para ver si estaban seguros. No encontró el más leve defecto; pero su mal humor no desaparecía.

Al ir y venir refunfuñando de una a otra parte, notó en el cabo superior de la red un hilo largo cuyo destino no podía recordar. De los demás hilos lo sabía muy bien; éste viene acá, al final de esta rama rota; aquél va por allá hacia la espina aquélla. La araña conocía todas las ramas, la trama toda de su tela; pero ¿qué hace aquí este hilo? Y, para colmo, es completamente incomprensible que suba hacia arriba, sencillamente al aire. ¿Qué es esto?

La araña se irguió sobre sus patas traseras, y, abriendo lo más posible los ojos, miró hacia lo alto. ¡No hay más que ver! Este hilo no termina nunca. ¡De cualquier manera que se le mire, este hilo va derechito a las nubes!

Cuanto más esfuerzos hacía la araña para llegar a la solución del enigma, tanto más se irritaba. Pero ¿para qué sirve aquel hilo que sube hacia la altura? Naturalmente, en medio del continuo banquete que se daba de la carne de las moscas, había ya olvidado por completo que cierta mañana hacía meses ella misma bajó por este hilo. Tampoco recordaba cuánto le sirvió el mismo hilo para tejer la red y ensancharla. Todo lo había ya olvidado. No veía allí más que un hilo inútil, sin fin alguno, conduciendo hacia arriba; un hilo que para nada servía, un hilo que colgaba del aire...

— ¡Abajo! —gritó por fin, completamente fuera de sí, y de un solo mordisco rompió el hilo.

La telaraña se desplomó instantáneamente..., y cuando la araña recobró el sentido estaba tendida en el suelo, paralizada, al pie de la zarza; la ruina de lo que había llegado a ser —una espléndida red entretejida de perlas y de plata—, la envolvía como un húmedo jirón de trapo. En aquella mañana nebulosa se convirtió en pobre pordiosera; derribó en un segundo toda su obra, porque no comprendió la utilidad del hilo que la guiaba a las alturas.

(J. Joergensen)


Historia de las religiones

1. INTRODUCCIÓN.

Hay una gran diversidad de religiones, pero según el parecer unánime de los estudiosos de la historia y fenomenología del hecho religioso, todas ellas son expresiones de un mismo nivel de experiencia -la experiencia originaria religiosa fundamental- que aparecen como un hecho humano coextensivo con la historia de la humanidad. Desde los primeros tiempos se hallan vestigios que sugieren la presencia de un culto y unas creencias en el más allá.

Los etnólogos coinciden en que es uno de los dos indicios que caracterizan la aparición del homo sapiens: la técnica -el instrumento- y el culto -el símbolo ritual-.

Esta universalidad del hecho religioso insinúa una aptitud religiosa connatural al hombre en virtud de su apertura a los últimos porqués: Todo ser humano, en efecto, advierte los llamamientos de su conciencia (reconoce un orden moral), y posee la experiencia de su dependencia. El fondo de las primeras religiones guarda relación con los movimientos rítmicos de una Naturaleza, a cuya merced se encuentra el ser humano. El hecho universal de la muerte, que parece ofrecer una significativa contrariedad para quien tiene conocimiento de ella, remite a la pregunta por un más allá. Más aún, el origen de la vida, como un acontecimiento del todo sorprendente, lleva a plantearse si la existencia humana presenta algún sentido revelador.

La experiencia religiosa se expresa en rasgos diversos según el genio religioso de cada pueblo, que emerge de forma connatural de una mentalidad configurada por el medio cultural que le es propio, en cuya formación intervienen diversos factores: el modo de vida (agrícola, nómada, ganadero, etc.); el desarrollo intelectual-cultural: el primitivo -como el niño- ejerce la inteligencia de manera "crepuscular, nocturna" (la expresión es de Jacques Maritain), correspondiente a la mentalidad simbólico-mítica, que apenas deslinda las ideas universales de la experiencia sensible; pero en otros contextos se observa un desarrollo más lógico y abstracto, preciso y “universal”, por ejemplo.

De ahí la diversidad de las religiones. Sin embargo, todas son expresiones del mismo tipo de experiencia y actitud, que se expresa siempre en una triple dimensión:

a) Un cuerpo de doctrina acerca de la realidad en su conjunto
b) Un culto, un conjunto de prácticas que concretan y dan cauce a la relación con el Ser supremo
c) Un saber de salvación, de índole moral y ceñido a la vida y el destino del ser humano.

Este triple nivel de expresión de la experiencia religiosa, común a todas las religiones, se diversifica en una tipología según el genio religioso de cada pueblo.

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2.- RELIGIÓN: DEFINICIÓN GENÉRICA. RELIGIOSIDAD Y MANIFESTACIONES EXTERNAS DE LA RELIGIÓN.

Desde el punto de vista de la etimología, “religión”, según el escritor latino Lactancio, proviene de “re-ligare”, relacionarse, vincularse. Insinúa una relación profunda y esencial entre el ser humano y Dios (un ser supremo que se halla en origen de la realidad y la fundamenta y que así mismo parece esperar al final de la misma. Es la etimología con la que más de acuerdo parecen estar todos los autores.

En cuanto a su naturaleza y finalidad, la religión es una disposición humana de dependencia y relación profunda con el Ser supremo, la Divinidad, que busca confirmar el valor y sentido de la propia existencia, desde su raíz y en relación con su destino último o salvación.

Según Manuel Guerra, la religión es un conjunto de creencias, celebraciones y normas ético-morales por medio de las cuales el ser humano reconoce su vinculación con lo divino tanto en su vertiente subjetiva como en la objetiva o exterior. Se alude aquí a una doble expresión de dependencia y relación:

  • Religiosidad (aspecto subjetivo)
  • Manifestaciones externas (objetivas): doctrina (cosmológica, antropológica y moral), culto (ritos, celebraciones).

El ser humano no puede explicarse sólo desde sí mismo. Necesita ser “explicado” desde algo que le trasciende o le supera de algún modo (no puede ser de naturaleza inferior, porque de lo menos perfecto no puede brotar lo más perfecto, lo que lo supera, porque, como suele decirse, de donde no hay no se puede sacar).

La religiosidad, en su brotar desde el interior, viene motivada por ciertas experiencias vivenciales profundas e íntimas: el asombro ante lo real, la conciencia de la propia singularidad y la necesidad de saber si respondemos a algún propósito, la experiencia del nacimiento y el origen de la vida, la contemplación de la belleza, el surgir de tantas preguntas acerca de la realidad, la expectativa de la muerte, la necesidad una “salvación” frente a la experiencia de vulnerabilidad, de la injusticia, del mal, del propio egoísmo o del error... [La vida humana, para Platón (uno de los grandes iniciadores de la filosofía, s. IV a. Jc.) se parece a un destierro durante el cual el alma experimenta la añoranza o nostalgia de “algo más”, que presiente pero que no encuentra a su alrededor y que despierta en ciertos momentos ante la aparición de la belleza: “Cuando el hombre vislumbra la belleza de aquí abajo y se acuerda de la belleza verdadera, a su alma le crecen alas y siente deseos de volar. Pero al advertir su impotencia, eleva como un pájaro los ojos al cielo, deja a un lado las ocupaciones del mundo y ve cómo le llaman insensato. Ese es el más magnífico de los tipos de entusiasmo.” (Fedro)]

Pero lo curioso es que todo ello se traduce en el deseo de saber, en el afán de ser favorecido ante los fenómenos adversos, en la adecuada orientación de la vida para merecer un destino favorable, en la necesidad de “hacer algo” para “comunicar” con la fuente del destino y que propicie la felicidad en la medida en que esta sea posible, de compartir con sus semejantes miedos, acontecimientos, deseos y esperanzas. Es la “dimensión objetiva” de la religión (doctrina, normas morales de vida, ritos y celebraciones).

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3. NOTAS CONSTITUTIVAS DE LA RELIGIÓN Y COMPARACIÓN CON OTROS SABERES: FILOSOFÍA, CIENCIAS, MITO, SABER VULGAR.

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Es bueno comparar y contrastar entre las diferentes formas de saber que el ser humano ha ido desarrollando en diversos momentos y lugares. De esta comparación surgirá un delimitación más precisa y una mejor comprensión de cada una de ellas.

1) Empecemos por el saber vulgar.

Nos referimos con esta expresión a esa forma de saber que se basa en la experiencia sensible, en la práctica, en la observación... y que se reduce a determinar lo que pasa y cómo funciona, e incluso a intervenir en ciertos procesos o situaciones, a veces acertadamente, pero sin saber explicar porqué ocurre de ese modo y no de otro. Por ejemplo: un curandero que sabe que ciertas plantas curan determinado dolor o que son buenas para hacer la digestión, pero sin saber muy bien el motivo. O la señora que le dice a una amiga que se tome determinada medicina porque a ella le vino muy bien, pero sin poder determinar la razón, si es lo más adecuado para la otra persona, etc. Otro ejemplo: el que sabe que cuando las nubes adoptan determinada forma, seguramente lloverá al día siguiente, pero ignora a qué es debido.

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2) El mito.

Es una narración, generalmente de carácter sagrado, que suele contar acontecimientos situados en un tiempo pasado con el fin de ofrecer de forma simbólica y ejemplar alguna enseñanza para la vida. Algunas religiones se han expresado a través de este tipo de narraciones simbólicas, pero también es una forma muy recurrente de presentar hoy productos para el consumo, o para argumentar sobre determinadas posturas políticas o ideologías, se da habitualmente en el mundo del espectáculo... ¿Qué tiene en común Hércules, Zeus, Narciso, Peter Pan, el santo Job, David y Goliat... con Michael Jackson, David Beckham, Madonna, Shakira o el progreso, lo nuevo, el éxito, el dinero, el poder político, el himno de un equipo de fútbol o sus colores...? Son referentes de comportamiento que hablan al corazón y que no dejan indiferente, que de forma simbólica dicen lo que hay que hacer, cómo hay que comportarse (o no comportarse...)

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A veces hablan del origen del mundo, a veces del comportamiento moral o del destino final tras la muerte, algunas del secreto de la felicidad, otras, de los ideales por los que merece la pena entregar la vida y el trabajo... Hay en todo esto una cierta “sabiduría del corazón” que ofrece lecciones para la vida. No se trata siempre de explicaciones exactas y lógicamente rigurosas, pero la aureola de ejemplaridad con la que se revisten puede dar sentido a determinadas situaciones, fases de la vida, acontecimientos... No se sirve en sentido estricto de la razón, sino de la imaginación y de los sentimientos. Hablan “al corazón”. Y esto también forma parte de nuestra vida y de nuestro conocimiento. ¿A quién no le gusta que durante una seria explicación de clase de repente surja una anécdota, un ejemplo divertido o sugerente que nos hace más cercano –y “real”– lo que se nos explica? ¿Quién de niño no aprendió sus primeras lecciones importantes acerca de la vida a través de los cuentos?

Aristóteles considera que si los griegos desarrollaron los primeros el saber racional, ello fue a impulsos de una riquísima gama de narraciones míticas que les hablaban del mundo y de la vida, del destino y de la felicidad. Por eso llega a decir que “el mito era en cierto modo una forma primitiva de filosofía”.

3) La ciencia y la filosofía.

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La filosofía es aquel modo de saber que estudia la totalidad de las cosas por sus últimas causas a la luz de la razón.

La filosofía está interesada por principio en todos los aspectos y formas de realidad. Nada de lo real se excluye de su afán de explicaciones (universalidad). No se conforma con cualquier explicación, sino que busca las causas últimas de las cosas, los porqués más radicales (de raíz), las explicaciones que van a lo más hondo, a lo fundamental (Profundidad, radicalidad). Con la filosofía se inaugura en la historia de la humanidad el intento de conocer sistemáticamente por medio de la razón. ¿Qué es lo que caracteriza al conocimiento racional? La razón es aquella forma de conocimiento que analiza datos o acontecimientos intentando encontrar en ellos relaciones de causa y efecto. Explicar algo de forma racional es averiguar por qué se origina, cuál es su causa; y también qué efectos se pueden producir a partir de ese algo.

Ciencia y filosofía tienen el mismo origen, e incluso se funden durante muchos siglos. ¿Cuándo y por qué empiezan a diferenciarse? Los caminos se separan cuando el afán de explicación racional lleva a tomar una parcela determinada de la realidad y a especializarse en ella, dejando a un lado las demás. El estudio de ese ámbito del mundo requerirá también una forma de proceder determinada, una metodología, un modo de emplear la indagación racional. Así surgirán la física del cosmos (astronomía) en los siglos XVI y XVII, la mecánica terrestre en el XVIII, la biología (geología, botánica y zoología) entre el XVIII y el XIX, la sociología y la ciencia del derecho en el XIX, la psicología en el XX...

Filosofía y ciencia coinciden en la racionalidad. Pero difieren en el carácter universal propio de la filosofía y en la especialización o particularidad que es propia de las diferentes ciencias (la medicina en el estudio del organismo humano y sus enfermedades y afecciones, la veterinaria lo mismo pero en los animales, la sociología en el comportamiento humano dentro de los grupos y colectividades, la mecánica en el estudio del movimiento de los cuerpos en el espacio, la economía en la manera en que se administran unos recursos escasos, con objeto de producir bienes y servicios, y distribuirlos para su consumo, etc.)

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También se diferencian en que la filosofía busca las explicaciones últimas, mientras que las ciencias se ciñen a explicaciones más inmediatas, más próximas a los hechos que estudian (la medicina y la filosofía reflexionan acerca del dolor, pero la medicina busca las causas más inmediatas del dolor en nuestro organismo y la forma de soportarlo o eliminarlo, mientras que la filosofía se preocupa por la importancia y el papel que el dolor o el sufrimiento tienen en nuestra vida, el modo de asumirlos, su sentido a la hora de orientar la vida...)

4) La religión.

Entendida como saber, la religión es un tipo de reflexión, una forma de orientar la vida por medio de la relación con un Ser supremo o divinidad, a quien se atribuye el origen y el fundamento del mundo y de la propia existencia. Dicha relación tiene que ver con la salvación, es decir, la orientación de la propia existencia a su plenitud, en esta vida y después de la muerte. Se basa en la fe (religiosa).

La fe, en general, es la aceptación de un dato no evidente en virtud de la confianza que se tiene en un testigo a quien se reconoce una autoridad en el asunto. Es fiarse de alguien que sabe, que no se engaña ni nos engaña. Hay una “fe meramente humana”, que se da en todos los órdenes de la vida y que consiste en creer o confiar en alguien acerca de lo que no tenemos evidencia: un amigo que nos cuenta un suceso que ha presenciado, un médico que nos ofrece un diagnóstico de una enfermedad, un profesor que nos explica las investigaciones que se han realizado acerca de un fenómeno natural o histórico, etc. Lo propio de la fe religiosa es que se reconoce en el testigo a quien se cree una autoridad divina, bien por que se cree que es Dios o porque habla en su nombre o lo representa.

Filosofía y religión coinciden en su universalidad (afectan a la totalidad de la realidad y de la vida) y su radicalidad (buscan una explicación y una orientación acerca de la vida en sus preocupaciones más hondas). Pero la filosofía es un saber racional, mientras que la religión se apoya en la fe. A veces coinciden en sus preocupaciones acerca del mismo asunto (la existencia y naturaleza de Dios, el origen del mundo, la felicidad, la pervivencia del ser humano tras la muerte, etc.), pero su punto de vista es diferente y a menudo complementario.

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Picasso: Ciencia y caridad

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4. PSEUDO-RELIGIONES: RELIGIÓN CIVIL, IDOLATRÍAS (NARCISISTAS, IDEOLÓGICAS).

Si desde el punto de vista “objetivo” o institucional toda religión incorpora un sistema de verdades que hay que creer, un conjunto de normas morales que hay que cumplir y vivir, y una serie de ritos o celebraciones que hay que realizar, mirando hacia un horizonte de trascendencia (un Ser Supremo) y a una supervivencia del ser humano tras la muerte, podemos advertir también la existencia de ciertas formas “alternativas o sustitutorias” de religiosidad (pseudo-religiones).

Lo “religioso” en ellas es el grado de sometimiento -incluyendo de algún modo la “entrega de la vida”- que el ser humano asume hacia ciertas ideas, actitudes, mentalidades o ideologías… que se toman como un “Absoluto”. Aunque nadie duda de que se trata de “construcciones” humanas, se presentan y se asumen como el valor supremo, se “divinizan” y vienen a ocupar el lugar de la divinidad propiamente dicha.

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  1. “(Pseudo) religiones políticas”: puede tratarse de una “politización de lo religioso”, o de una “sacralización de lo político”. El horizonte vital no va más allá de esta vida. Se trabaja, se vive, se lucha… con un propósito meramente terreno pero que “exige” el sacrificio de la propia vida y se está dispuesto a matar y a morir por unas ideas, un programa o figura política, etc. Es típico de ciertos fundamentalismos y -en el otro extremo- de ciertas formas de laicismo.
  2. “(Pseudo) religiones de tipo ideológico”: ciertas formas radicales de ecologismo, psicologismo, etc. Ejemplos actuales serían la “New Age”, la “Deep Ecology”, la “cienciología”, etc. Se produce en ellas una divinización de la Naturaleza en su conjunto, exigiéndose la dedicación y ofrenda de la vida a la identificación con “el Todo”, “el Cosmos”…; o también la búsqueda radical de la “ataraxia”, el equilibrio emocional y la imperturbabilidad (una cierta huida del mundo y un encerrarse en el propio mundo mental y emocional).
  3. “(Pseudo) religiones de tipo “narcisista”: Auténtico culto y cierta obsesión por la propia imagen, el cuerpo, la salud, el éxito (con frecuencia en ámbitos como el deporte y el espectáculo), que se revisten de una simbología emocional extremosa que acapara la vida, los ideales, enganchan y seduce…, o se “sacraliza” a determinados personajes famosos revestidos de una aureola de prestigio a los que se idolatra, como se pone de manifiesto con ciertas expresiones de fanatismo y exaltación (“fans”, “frikis”, etc.)

En todas estas formas de “pseudoreligiosidad” se da una auténtica idolatría. Se viven estas ideas y se llevan a la práctica como un “absoluto”, como si ellas fueran a producir la “salvación” o felicidad final, y justificaran la propia existencia. Se incluyen también aquí ciertas desviaciones religiosas (sectas, fanatismo, etc.)

La divinidad y su representación/comprensión

Dios, el ser supremo, es un Misterio que nos sobrepasa. Las religiones en su totalidad son conscientes de ello y se sirven de mediaciones o símbolos, es decir, términos (palabras, expresiones), imágenes e incluso personas dotadas de un carácter representativo de la divinidad. Acuden a una simbología para “comprender”, “explicar” y “comunicarse” con lo divino.

Todas estas mediaciones, símbolos, imágenes, expresiones… son en todo caso y a la vez “necesarias” para poder representarse o aludir a “lo divino”, por un lado; y por otro “relativas”, puesto que existe una distinción: representan pero no pueden sustituir a lo representado o significado.

Pero si no se mantienen estos dos aspectos a la vez (necesidad de símbolos que representen a lo divino, pero que mantienen no obstante su carácter relativo con respecto a lo significado o representado), se cae:

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a) O bien en la actitud iconoclasta: Se destruye o niega el significante, la imagen (icono), el símbolo, porque se rechaza que la divinidad pueda o deba ser representada mediante imágenes.

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b) O bien en la actitud de idolatría: Se confunde e identifica la imagen con lo simbolizado, con lo que representa (lo divino). El ídolo, creación humana, viene a usurpar el lugar de Dios.

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5. EL “SENTIDO RELIGIOSO”

El sentido religioso se sitúa en el nivel de la experiencia elemental de cada hombre o mujer, en el que el yo se plantea preguntas acerca del significado de la vida, de la realidad, de todo lo que sucede.

En efecto, la realidad despierta los interrogantes últimos sobre el significado total de la existencia. El contenido del sentido religioso coincide con estas preguntas y con cualquier respuesta a ellas. Los interrogantes emanan de una experiencia o conciencia original de dependencia –somos conscientes de que nuestra existencia nos ha sido dada, no la hemos fabricado nosotros y, por lo tanto, su sentido no depende de nosotros-, que está presente en el hombre en todos los tiempos.

No sólo preocupa el misterio del “más allá” de la muerte (mirando hacia el futuro), parece que antes hay que aclarar (mirando hacia el pasado, por así decir) “de dónde venimos”, si hemos sido puestos en la existencia con algún propósito y si nuestra vida está llamada a ser algo así como un “cumplimiento”. La fecundidad de la que los seres humanos son instrumento natural suscita en el ser humano un misterio que abarca toda la vida: ¿existe un ‘Principio’ que nos “atraviesa” por así decir, y que se proyecta sobre nuestros hijos fundando sobre ellos una esperanza para su vida y que justifique la alegría de que un nuevo ser humano surja en el mundo? [Aquí además encontramos un dato singular: la mujer “es” el verdadero hogar porque es el “primer hogar”, la primera morada del ser humano. Cada uno de nosotros ha vivido, en primer lugar, en el seno de su madre. Pero además es ella también el “primer alimento”. Después de haber salido de su seno, nos ofreció el alimento de su seno. Nosotros estamos en ella y ella está en nosotros: la relación humana primitiva y que está en la raíz de todas las demás, es la de un envolverse y recibirse mutuamente.
Un importante filósofo actual, Fabrice Hadjadj afirma que “el otro” para el hombre, siempre está fuera, mientras que para la mujer, también está dentro, y con un peso simbólico y un vínculo mucho más fuerte. El ve. Ella siente. Por esta razón el hombre tiende a asociar trascendencia y exterioridad, mientras que para la mujer, la trascendencia es interior. Y por así decir, en sus entrañas ha tenido lugar para el ser humano el origen de todo, empezando por la vida. Por esta razón se puede comprender que las primeras manifestaciones de la religiosidad desde la prehistoria se refieren a la fecundidad de la Tierra como una Madre, y que la primera divinidad se haya mostrado como “femenina” precisamente por esta fecundidad.
En la base del análisis racional de los hechos, se encuentra la “confianza básica” -la fe- de haber sido engendrados y acogidos sin merecerlo ni programarlo.
]

Se trata de una percepción, de un descubrimiento que exalta la razón (la capacidad humana de comprender a fondo) como capacidad de abrirse a la realidad según la totalidad de sus factores. El hombre -cuya naturaleza presenta una exigencia de verdad y de cumplimiento, es decir, de felicidad- comprometido con su propia humanidad espera la respuesta que está implicada en su propio dinamismo original: las preguntas y los deseos más profundos del corazón se dirigen, no a “algo”, sino a “alguien”, y por eso cabe esperar.

En este punto se introduce la posibilidad de una revelación, es decir, de que el Misterio desconocido pueda tomar la iniciativa y se dé a conocer saliendo al encuentro del hombre.

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Según Max Scheler, uno de los autores que con más rigor ha estudiado el hecho religioso en el siglo XX, en toda vivencia religiosa está implicada la referencia a un Ser supremo, «la Divinidad». ¿Cómo se puede describir, según Scheler, el Ser supremo?

a) La Divinidad o “Ser superior” es algo absoluto, el término de la adoración y las súplicas del hombre. Ello se corresponde con la conciencia de la propia contingencia o «sentimiento de dependencia».

b) Es también omnipotente, su poder y actividad no tienen límite y a ellos encomienda el ser humano su salvación (del mal terreno y del eterno).

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c) La Divinidad aparece como dotado de perfección moral o santidad. La santidad divina implicaría bondad, justicia, disposición favorable al bien. Si la divinidad no fuera santa, su poder sólo inspiraría temor. De este modo se inserta la moral en la religión y Dios aparece como el juez justo para con la verdad del hombre.

d) El ser divino es también misterioso, su realidad absoluta, omnipotente y santa es incomprensible en última instancia para la razón humana, que la percibe como grandeza de Dios que desborda y supera nuestra comprensión.

e) En fin, el ser divino posee una cierta fascinación o atractivo. El ser humano se siente cautivadoramente atraído por Dios, fascinado por su misterio; la divinidad suscita una atracción a la que el ser humano no se puede sustraer fácilmente. De hecho, como dice Chesterton, llama la atención que “cuando se deja de creer en Dios, se empieza a creer en otras cosas, incluso, a veces, en cualquier cosa”.

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6. LAS RELIGIONES PRIMITIVAS: EL PALEOLÍTICO Y LA “RELIGIÓN TELÚRICA”. EL NEOLÍTICO Y LAS RELIGIONES CELESTES ‘INDOEUROPEAS’ (“ÉTNICO-POLÍTICAS”). LAS RELIGIONES DE LOS MISTERIOS.

Los primeros vestigios o huellas de civilización (y por lo tanto de racionalidad) se enmarcan, dentro de la Era Prehistórica, en dos grandes momentos sucesivos, constantes en todas las latitudes, pero no simultáneos cronológicamente, el Paleolítico y el Neolítico. La invención y uso de la escritura no tiene lugar al mismo tiempo en todas las zonas del planeta y, de hecho, en la actualidad aún se encuentran poblaciones de las que no se tenía noticia hasta ahora -por ejemplo en la región amazónica- que se encuentran en lo que se dio en llamar en su momento el Neolítico (que suele datarse convencionalmente entre los años 12.000 y 6.000 a. Jc. en el Mediterráneo oriental y Mesopotamia), y no precisamente en sus estadios más avanzados.

Religiones Telúricas

A grandes rasgos, suele situarse en el marco del Paleolítico (edad de piedra, vida nómada…) un conjunto de expresiones religiosas que han dado en llamarse Religiones telúricas (“telúrico”: relativo a la tierra, que surge del interior de la tierra), que son consideradas las más tempranas.

En ellas lo característico es la creencia y el culto dirigidos hacia la Madre Tierra, primera deidad -femenina- de la que se tiene noticia, vinculada a la fecundidad y la fertilidad, tanto de la tierra como de los seres vivos en general y, en particular, del ser humano. En ella se aprecia una gran variedad de formas de culto a los muertos, lo que suele interpretarse como un “viaje” tras esta vida y también como un “retorno” al seno fecundo de la tierra de la que se partió. Los objetos más célebres y significativos con estatuillas rituales de formas femeninas asociadas a la fertilidad (Willendorf, Lespugue, etc.)

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Religiones celestes (‘étnico-políticas’)

En el Neolítico, donde se producen los primeros asentamientos sedentarios, la aparición de la agricultura y el cuidado de animales (pastoreo), se produce una gran variedad expresiones, de las cuales una de las más llamativas es el Megalitismo, (fenómeno cultural asociado a construcciones arquitectónicas hechas con grandes bloques de piedra escasamente desbastados denominados megalitos). Aparece en los pueblos indo-mediterráneos e indoeuropeos y en ellos se ve un cambio de orientación en las creencias y expresiones de religiosidad: la religión telúrica va dando paso a religiones y cultos “celestes”.

La referencia a la divinidad cambia: se equipara con el cielo o procede del cielo (o “los cielos”) -a menudo la divinidad se identifica con el sol; se atribuye a los fenómenos atmosféricos un poder divino...- y presenta un carácter trascendente, de “separación” y superioridad respecto de los seres terrestres y en particular los seres humanos que, no obstante, son los más “cercanos” y capaces de establecer una relación peculiar con la divinidad. Adquiere “carácter” masculino, de algún modo protector y poderoso al mismo tiempo. Es frecuente que se le represente con fisonomía humana (antropomorfismo), y normalmente aparecen diversas divinidades (politeísmo), “emparentadas” o incluso “enfrentadas” entre sí, al estilo humano. Algunas de las principales religiones de la “Antigüedad” (dejando atrás la Prehistoria) se encuadran en este tipo de religión.

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Las “divinidades celestes” son relacionadas de manera especial con determinados pueblos o razas por medio de algún tipo de ‘elección’, filiación o ‘alianza’, de tal manera que se identifican con el origen de dichos pueblos, etnias, ciudades, clanes, etc. Vienen a simbolizar el poder y la identidad o singularidad de éstos, con lo que se revisten de un papel político sobresaliente, incluso se establecen como “religiones oficiales” (casos significativos son las religiones de Egipto y Mesopotamia: Babilonia, Sumer, etc.) Por este motivo se caracteriza a estas religiones como “étnico-políticas”. Al identificarse con “su” pueblo o con determinadas etnias o clanes, no son religiones proselitistas (transnacionales por así decir), nadie se puede adherir libremente a ellas, puesto que se requiere previamente la pertenencia al grupo. En todo caso, si se extienden es mediante el auge y expansión de los pueblos “elegidos”, los cuales conquistan y “someten” a otros y les imponen su religión y otros elementos culturales e identitarios. Según esta última caracterización, se pueden incluir en este grupo determinadas religiones precolombinas (mayas, aztecas, incas…), de algún modo las más “avanzadas” u organizadas.

A menudo se expresan a través de narraciones literarias (mitologías, leyendas…) y ceremonias rituales de carácter oficial.

Las ‘religiones de los Misterios’

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Orfeo y Eurídice

Aparecen en torno a los siglos VIII-VII a. Jc. y destaca su concepción de la divinidad como de algo o alguien “inefable”, que vive en un “ultramundo” (Hades, infierno…) Surgen en el Mediterráneo oriental (Irán, Egipto, Egeo…), en cierto modo una reacción frente a las religiones telúricas (oficiales, colectivas, políticas…), acentuando el aspecto “intimista” del ser humano (preocupación por los problemas de la vida personal, existencial…)

Tiene un fuerte componente práctico-ritualista (especialmente ritos de iniciación y purificación) y carecen de literatura escrita en general.

Su preocupación fundamental es el ‘más allá’ tras la muerte, y consideran la materia (el cuerpo) como algo malo, negativo, de manera que conciben la muerte como una liberación del alma respecto de la sujeción del cuerpo. La más famosa e influyente de estas religiones es el Orfismo (se vinculó a partir del siglo V a. Jc. con el pitagorismo).

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