Grecia, cuna de la filosofía

“El hombre griego parece tener un concepto casi innato de lo que significa ‘naturaleza’. El concepto que los griegos elaboraron por primera vez tiene indudablemente su origen en su constitución espiritual. Mucho antes de que su espíritu perfilara esta idea, consideraron ya las cosas del mundo desde una perspectiva tal que ninguna de ellas les pareció como una parte separada y aislada del resto, sino siempre como un todo ordenado en una conexión viva, en la cual y por la cual cada cosa alcanzaba su posición y su sentido.”

(W. JAEGER, Paideia)

Grecia, cuna de la filosofía

INTRODUCCIÓN. GRECIA: CONTEXTO HISTÓRICO Y CULTURAL


1. Esbozo histórico general

El periodo clásico de la filosofía griega está enmarcado por unas coordenadas espacio-temporales, culturales y políticas que presentan un interés notable.

Geográficamente, en el siglo VI a. Jc., Grecia es un conjunto de ciudades independientes (polis) que se extienden por todo el litoral mediterráneo. Donde la actividad comercial y el contacto con otros pueblos y culturas es mayor, es en la zona oriental, en torno al Mar Egeo (la península ática y las costas de Asia Menor conocidas con el nombre de Jonia). En estas colonias jónicas orientales, precisamente, surgirá la filosofía (Tales y su escuela de Mileto, Pitágoras, Heráclito, etc.)

Las polis griegas [La polis no es sólo una unidad administrativa, un núcleo de población organizado, sino una manera de ser, un sello, una identidad. Para los griegos, existir y ‘ser griego’ es formar parte de una polis concreta, que les da su apelativo, que hace posible su supervivencia dentro de una unidad de destino junto a sus próximos y parientes, que les educa y que les ofrece sus referentes morales, su religión, su educación y conocimientos, su lengua, sus tradiciones... De hecho, la pena más grave que se podía imponer a un condenado no era la pena de muerte, sino el destierro, el ostracismo, que constituía la máxima humillación y desprecio.] en general son prósperas, abiertas al conocimiento, y a menudo se dan rivalidades y conflictos bélicos importantes entre ellas, muchas veces por cuestión del dominio de las rutas marítimas y comerciales. En particular las polis orientales de los jonios constituyen un plato suculento para el imperio Persa, que llega a establecer un dominio tributario sobre la mayoría de ellas. Otro núcleo importante de poblaciones se concentrará en la Magna Grecia, al sur de la península itálica y Sicilia. En ella arraiga y se difunde el pitagorismo y surgen otros filósofos como Parménides y su escuela de Elea.

A principios del siglo V los griegos se levantan contra los persas y les vencen en Salamina, (483 a. Jc.) Es el momento en que Atenas –que lideraba la liga griega contra los persas- conocerá su mayor esplendor político, económico y artístico, bajo el gobierno de Pericles. Éste instaura la democracia en la ciudad, pero entra pronto en hostilidad con otras polis, celosas de su poderío, y especialmente con Esparta, su vecina del Peloponeso. En la guerra del Peloponeso, entre el 431 y el 404 a. Jc., Atenas es derrotada por Esparta y entra en una profunda crisis. En este contexto concreto aparecen las figuras de los sofistas, y de Sócrates y su discípulo Platón.

A finales del s. V los macedonios, pueblo emparentado con los griegos, y situados al norte de la península ática, irrumpen bajo el mando de Filipo –sin demasiada oposición bélica- en una Atenas desmoralizada. Su hijo Alejandro Magno, ya en el siglo IV a. Jc. desarrollará una fulgurante campaña militar contra los persas, avanzando hacia oriente de victoria en victoria, estableciendo una completa hegemonía sobre toda Grecia, Egipto y el continente asiático (hasta el río Indo). Macedonio de nacimiento, aunque formado y afincado en Atenas, será el más grande los filósofos griegos, Aristóteles.

Con el cambio de orientación implantado por Alejandro, que afecta a la concepción global de la vida entre los griegos, marcada hasta este momento por el protagonismo de las polis, se inaugura un nuevo escenario cultural: el helenismo.

2. El “espíritu griego”

Grecia (Hellas o la Hélade, que es el nombre que entonces se le da) no es, así pues, un Estado, con un territorio homogéneo limitado por unas fronteras. Es más bien un conjunto disperso de ciudades políticamente autónomas (ciudades-estado, polis), cuya identidad está muy acentuada. A pesar de esta dispersión e independencia, hay un elemento configurador común, un espíritu, que define a los griegos como miembros de una misma estirpe, como un solo pueblo. ¿Qué es lo que todos ellos tienen en común?

Además de un no muy lejano origen, hay dos vínculos importantísimos que aseguran el parentesco entre los helenos: el idioma y la religión.

La lengua griega es común a todas las polis, y entre los siglos VI y III a. Jc., la lengua dominante en todo el Mediterráneo, la lengua comercial común. Es una lengua precisa y bella, articulada y rigurosa para servir de vehículo a las ideas. Pero ante todo es expresión de una manera de ser y de pensar, de un modo característico de concebir el mundo y de situarse en él, expresión de una “paideia” (educación) común.

En esa mentalidad y cultura, transmitida por cada polis a sus ciudadanos, hay un elemento básico: la religión y los mitos, que en Grecia cuentan con una riqueza y variedad inusitadas.

El mito es una narración sagrada que ofrece explicaciones acerca de los grandes misterios y cuestiones de la vida mediante las acciones de personajes modélicos –héroes, dioses…-, que hablan al corazón de la gente y que sirve de pauta ejemplar para el comportamiento. Cada ciudad tiene su dios fundador o protector, pero todos los griegos reconocen unas divinidades comunes, los dioses del Olimpo, que velan por todos ellos en su conjunto. Existe un orden que supera las voluntades humanas, una diferencia entre lo bueno y lo malo, un destino, una necesidad de la que dependen las vidas humanas, su felicidad y sus desgracias. De todo eso hablan los mitos.

Los poetas recorren las ciudades griegas ensalzando las hazañas de los dioses y de los héroes griegos, y esos mismos relatos, versionados, son aprendidos de memoria por los niños en su ciudad. La Iliada y la Odisea recogen múltiples narraciones de larga tradición, dentro de un argumento unitario y plagado de belleza. Las divinidades griegas no son sólo los destinatarios de las oraciones y plegarias de los hombres, sino la personificación de las fuerzas de la naturaleza y la expresión más pura de “lo griego”. [Deben mencionarse por su importancia simbólica, los juegos panhelénicos, especialmente los olímpicos, celebrados cada cuatro años en honor de los dioses comunes, que obligaban a una tregua sagrada entre todos los griegos, y que venían a recordarles su origen común, sus vínculos profundos, a pesar de sus disputas y diferencias cotidianas.]

Los mitos dirigen la mirada de los hombres hacia las grandes cuestiones y les ofrecen respuestas más emocionales que “racionales”, pero van llevando de la mano a los más perseverantes buscadores de sentido hacia un tipo de preguntas y de respuestas universales y rigurosas. Se pasará así, poco a poco, de explicaciones “simbólico-ejemplares”, las propias del mito, a explicaciones “teórico-causales”, que caracterizarán a una nueva forma de mirar y de escrutar el mundo: la filosofía.

Grecia, cuna de la filosofía

I.- EL MITO, UNA “FORMA PRIMITIVA DE FILOSOFÍA” (ARISTÓTELES)


La mirada filosófica que los griegos dirigieron al mundo por primera vez tuvo su preparación, entre otros factores, en la constelación de mitos y narraciones con la que intentaban dar una explicación hasta cierto punto comprensible de cuanto les rodeaba.

Aunque encontramos mitos en todas las culturas -hecho ya en sí mismo interesante-, los griegos ofrecen un repertorio muy rico de tradiciones que presentan un claro denominador común: el deseo de una explicación sobre el origen, el trasfondo y el destino del mundo y de lo humano.

Noción y características del mito

El mito es una narración sagrada -escrita o no- que refiere hechos pasados y que asume una función explicativa y ejemplar para la vida humana.

La narración supone un saber que se comparte y se transmite, que alguien cuenta a otros acerca de asuntos que les afectan en común, y que no son evidentes. En la narración acontece algo: algo pasa y así explica cómo y porqué ocurren ciertas cosas: el orden, la adversidad, la muerte, la fecundidad de la tierra, los elementos atmosféricos, los ciclos de la vida... Mirando con asombro el mundo, y ante la fuerza con que se imponen los acontecimientos, el ser humano se siente a veces a merced de lo que ocurre, pequeño y dependiente. La realidad nos desborda y sobrepasa.

Pero aquí estamos, ese es el hecho, con nuestra mirada interrogante, deseosos de saber lo que nos espera y de salir adelante en un mundo erizado de dificultades. Parece haber fuerzas misteriosas que originan y gobiernan el mundo en el que estamos, lo que hacemos y lo que somos. De ahí su orden y relativa armonía. De ahí también sus desequilibrios. Se intuye la existencia semioculta de vínculos por los cuales todo se encuentra en íntima relación y que no obedecen al arbitrio humano. Pero, por otro lado, tiene que haber alguna forma "humana" de entender el orden (cosmos) y el desorden (caos) que de algún modo se hallan presentes en el mundo. Esa primera forma de "explicar humanamente" el mundo es el mito.

Esta preocupación forma parte del interés con el que el ser humano se halla instalado en el mundo: ¿qué hacer en medio de una realidad con la que tenemos que contar para vivir y sobrevivir pero que no depende de nosotros? ¿Podemos influir realmente en el curso de nuestros acontecimientos? ¿Dónde está el límite? Lo que el mito cuenta es el cómo y el porqué de mi vida. No me puede dejar indiferente: Me habla al corazón.

Características fundamentales del mito son:

1) Su carácter vivencial y emotivo. Buscan conmover para suscitar una actitud ante el mundo. En cierto modo, la vida está puesta en juego en eso que ocurre en el mito. Y el mito "habla al corazón" (pathos).

2) Recurso a símbolos e imágenes. Como lo que acontece nos desborda, lo explicamos acudiendo a comparaciones, al "es como si..." accesible de alguna forma a nuestros sentidos.

3) Valor ejemplarizante y didáctico. Se trata de explicaciones, en cierto modo a escala humana, que sirven de pauta y referencia para la vida, de modelos con los que de algún modo uno se identifica o hacia los que toma una determinada postura vivencial: bueno y malo, hermoso o feo, bienhechor o malhechor, amigo o enemigo...

4) Carácter sagrado. Lo que ocurre en el mito y la fuente de la que procede está "en el origen", más allá de lo que podemos manipular y controlar. Se nos impone con la fuerza de lo superior, de lo que nos sobrepasa.

5) Se apoya en una autoridad y en una tradición que lo avalan. No se aceptan por la evidencia o la corrección lógica que presentan, sino porque "alguien que sabe" (los ancianos, los sacerdotes, los iniciados, la tradición de la que procedemos y a la que pertenecemos...) nos lo asegura.

Mito y filosofía

El mito supone el recurso a una explicación simbólico-ejemplar de la realidad. Coincide con la Filosofía en dos rasgos esenciales:

  • su radicalidad: pretende dar explicación del origen, raíz o fundamento último y más profundo de las cosas,
  • y su universalidad: pretensión de explicar toda la realidad, sin excluir nada por principio.

Dice el historiador MIRCEA ELIADE que ante la mirada del hombre que vive y conoce la realidad a través del mito, "el mundo no es ya una masa opaca de objetos amontonados arbitrariamente, sino un cosmos viviente, articulado y significativo... Al hablar de sí mismo, el mundo remite a sus autores y protectores y cuenta su historia". Aristóteles insinúa que el mito enseña al hombre griego a mirar con asombro a las cosas, y a intuir en ellas un significado, un fundamento, una relación profunda.

El mito induce al hombre griego a dirigir al mundo una mirada admirativa, interrogante y en cierto modo inquieta. Esa mirada es la que resulta ser la cuna de la Filosofía. Esta última se destaca con perfil propio en la medida en que se va perfeccionando la búsqueda sistemática de relaciones de causa y efecto en el propio seno de las cosas que se contemplan, en el mundo mismo. Ya no será la autoridad la que respalda las afirmaciones de los filósofos, sino la relativa evidencia y coherencia lógicas que se desprenden del análisis de las cosas que forman parte del mundo.

Así pues, el siglo VI griego es el escenario cultural en el que una mirada de asombro ante lo real va dando pasos paulatinamente, desde una consideración simbólico-ejemplar, el mito, hasta una reflexión teórico-causal, la filosofía. Aristóteles llega a decir que "el mito es ya una forma primitiva de filosofía".

Las religiones en Grecia, siglo VI a. Jc.

1) A principios de este siglo encontramos, junto a arcaicos mitos agrarios que lindan casi con la magia, una elaboración de narraciones sumamente refinada, que da argumento a la Religión olímpica, de la que beben todos los pueblos y ciudades de Grecia, y que tiene por principal mentor a Homero, a quien se atribuye la recopilación de tradiciones en dos dramas gigantescos: Iliada y Odisea. También forma parte de esta elaboración la figura de Hesiodo.

Las narraciones olímpicas describen poéticamente el origen del mundo (cosmogonías) y la jerarquía, parentesco y relación entre los dioses y los hombres (teogonías). Además de ser el marco de las religiones oficiales en las ciudades-estado griegas (polis), cada una de las cuales ofrece una filiación divina, un culto y una tradición propios, constituyen el contenido básico de la educación de los ciudadanos. A través de lo que se cuenta en ellas se aprende a distinguir lo bueno de lo malo, el puesto del hombre en el universo, la relación y orden entre las cosas, las señas de identidad de la propia comunidad, con sus usos, leyes y costumbres. Es muy clara su pretensión didáctica.

2) Junto a las religiones olímpicas, las oficiales, que en la práctica son religiones que dicen poco al sujeto individual y a sus problemas íntimos, se van extendiendo con gran fuerza las llamadas religiones de los misterios, especialmente a partir del siglo VII, en las que se funden leyendas diversas, y que hacen hincapié sobre todo en prácticas y ritos de purificación e iniciación individual, mediante los cuales se logra la salvación y la cercanía con los dioses. En ellas se observa un dualismo radical y una visión pesimista del hombre y de la materia. Aportan a Grecia la creencia en la reencarnación, transmigración de las almas o metempsicosis. La más importante de ellas se conoce como Orfismo.

Además del interés por el origen (arjé), la armonía (cosmos) y la conexión profunda en el seno de las cosas (physis),los mitos aportan varios elementos que serán decisivos en la aparición de la Filosofía griega:

  • La noción de una naturaleza y origen común de todas las cosas.
  • La creencia en una divinidad inmanente (panteísmo), más allá de los dioses particulares y de los seres mortales.
  • La idea de una ley o justicia fatídica que rige férreamente los acontecimientos, tanto humanos como "divinos"

Y una visión cíclica del cosmos. El hombre es un mero acontecimiento dentro de la fatalidad que se repite y que todo lo domina. Si todo se repite, no hay una dirección o sentido hacia el que caminar.

II.- EL PERIODO COSMOLÓGICO: LOS PRESOCRÁTICOS


En el siglo VI llama poderosamente la atención que algunos espíritus, ciertamente selectos, pensaron por primera vez que tras la aparente diversidad y fugacidad de las cosas que constituyen el mundo a nuestro alrededor, podía existir un orden, un kosmos que respondiera a un principio originario común (arjé), cuyo conocimiento podría dar las claves interpretativas de toda la realidad: el qué, el de qué, el porqué y el para qué de las cosas.

Desde una actitud primera de asombro ante la riqueza deslumbrante de una realidad diversa, pero en su última entraña ordenada y única, vemos el sucederse de las preguntas radicales sobre el sentido último de todo, y las respuestas, cada vez menos tímidas, que van jalonando la primera gran aventura del pensamiento racional.

Una primera y sorprendente oleada o generación de pensadores apuntan hacia la idea de que existe un único y primordial arjé, un principio o causa primera común a todas las cosas. Se les denomina habitualmente filósofos “monistas” (de monos, uno). Poco después, encontramos a varios más apuntando a la existencia de varios principios irreductibles entre sí, a quienes se suele denominar filósofos “pluralistas”. Todos ellos constituyen –salvo algún caso particular- el grupo de los filósofos llamados presocráticos.

1.- FILÓSOFOS MONISTAS

La Escuela de Mileto

Un primer grupo es el que aparece en Mileto, en las costas del Asia Menor, al parecer vinculado por el magisterio de Tales, el primer filósofo de nombre conocido: Tales (h. 585 a. Jc.), Anaximandro (h. 560 a. Jc.) y Anaxímenes (h. 546 a. Jc.)

Tales propone la siguiente suposición: el origen de todo está en el agua; para Anaximandro, el principio de todo no puede ser una cosa más entre las otras, sino algo indiferenciado y previo a todas ellas. Lo denomina “apeiron”, lo indeterminado, lo infinito. Por su parte, Anaxímenes, queriendo recoger en la misma idea las potencialidades y la fecundad de las dos hipótesis anteriores, identifica al aire como lo originario. Todo ellos responden con sus propuestas a la pregunta: ¿de qué están formadas todas las cosas?

Pitágoras

Casi contemporáneo de ellos es Pitágoras (h. 530 a. Jc.), oriundo de Samos, también en el Asia Menor, pero que por motivos no muy bien conocidos se traslada a Crotona, en la Magna Grecia. Junto a él surge un numeroso y pujante grupo de discípulos, que difundirán la doctrina del maestro y la admiración por su persona, hasta el punto de fundirlo en la leyenda.

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Conocido por sus aportaciones a las matemáticas, Pitágoras no hace distinción de saberes: existe un orden (kosmos) en el seno y en el conjunto de los seres; este orden, además, es matemático, porque en realidad las cosas son “números”, es decir, son susceptibles de cuantificación y cálculo, y eso es lo que las define, las hace ser distintas y a la vez estar vinculadas entre sí, como lo están los números. Hay una oculta proporción entre las cosas, como se puede ver en la circunferencia y en las demás figuras geométricas. En el fondo, según Pitágoras, todo procede de la unidad, del número “1”. También la música es en el fondo una forma de belleza y armonía matemática.

El sabio es el que practica el conocimiento matemático y cultiva la música, entrando así en una relación con el cosmos en su totalidad. Suele atribuirse a Pitágoras haber acuñado el término “filosofía”.

En el fondo, lo que sostiene Pitágoras es que lo fundamental en la constitución de las cosas, no es su materialidad, sino su estructura, el orden (matemático) de proporciones del que forma parte y que le define. La pregunta pitagórica no es “de qué” están hechas las cosas, sino cuál es su estructura, cómo están constituidas. De la estructura depende la materialidad, que posee una naturaleza negativa y que le debería estar subordinada.

Es de gran interés la visión pitagórica del ser humano. Es un dualismo antropológico, eco lejano de su visión cósmica. Hay en el ser humano dos elementos contrapuestos y de algún modo antagónicos: el alma (psike) y el cuerpo (soma). El alma es de naturaleza matemática, divina, bella (¿espiritual?). El cuerpo es materia, límite, peso, fealdad. El alma es buena, el cuerpo (materia) es malo. El alma se halla encerrada en el cuerpo, que es una cárcel efímera, un lugar de castigo y limitación. Propiamente hablando, el hombre es su alma, que se halla temporalmente alojada en un cuerpo, que tiene que aprender a dominar mediante el cultivo de la sabiduría y de prácticas ascéticas. La vida del alma dentro del cuerpo es concebida como una catarsis, como una etapa de purificación. Así, al finalizar su vida, si el alma no ha sido capaz de crecer en la belleza y en la perfección de la sabiduría (matemática, música, cosmología), se verá realojada en un cuerpo de características semejantes al tipo de vida que llevó: los animales, en realidad, son almas que han “transmigrado” a cuerpos de naturaleza más baja. Pitágoras sostiene rotundamente la idea de la reencarnación, de origen oriental (Egipto, India…)

También existe una certeza muy notable acerca de la vinculación de las comunidades pitagóricas con las tradiciones religiosas de los misterios, fundamentalmente con el orfismo.

La influencia del pitagorismo se dejará sentir largamente, tanto en sus pretensiones de racionalización matemática de la realidad y de la vida, como en su dualismo pesimista, marcado por una concepción negativa de la materia. Los pitagóricos tuvieron un notable influjo político en numerosas ciudades griegas.

Heráclito y Parménides: el monismo metafísico.

Ha llamado siempre la atención la aparición de dos figuras de gran talla intelectual, prácticamente contemporáneas, en los dos extremos del Mediterráneo oriental, y que se plantean desde una óptica similar los mismos problemas nucleares, a los que ofrecen sin embargo respuestas punto por punto antagónicas: Heráclito de Éfeso y Parménides de Elea. El núcleo de sus reflexiones gira en torno a la relación entre el ser y el cambio o movimiento, y alrededor de una manera de entender y definir el cambio: como paso de ser al no ser y del no ser al ser.

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1) Heráclito (h. 540 - 475 a. Jc.) decidió mantenerse al margen de su propia ciudad, viviendo como solitario; se le considera un aristócrata misántropo, y escribió un libro titulado Sobre la naturaleza en forma de aforismos de difícil comprensión.

En su doctrina destaca la idea de que el cambio lo domina todo: “Todo fluye, nada permanece”, “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”. A la hora de identificar con un principio (arjé) reconocible la esencia común de todas las cosas, cuya calidad fundamental es el movimiento, señala el fuego: “Este mundo no ha sido hecho por ninguno de los dioses ni de los hombres; ha sido, es y será un fuego siempre viviente que se enciende según medida y según medida se apaga.” Del fuego ha surgido todo (aire, agua y tierra), el conjunto de los seres, y todo ha de volver al fuego al término de un largo ciclo cósmico. Este fuego es un principio vital: el calor es fuente de la vida.

Todo apunta a una concepción cíclica de surgimiento y desaparición permanente (eterno retorno). Este proceso “según medida” está dominado por un orden lógico. Heráclito también denomina al fuego logos, pensamiento o razón. Más aún, este logos es el único Dios verdadero, la ley divina inmanente al mundo que todo lo penetra y lo envuelve. Nos hallamos así pues ante una concepción panteísta.

Las cosas, según testimonian nuestros sentidos, permanecen aparentemente en su ser. Pero nuestro pensamiento, que es un logos, una chispa luminosa del logos universal, nos hace ver que, más allá de la apariencia sensible, lo que domina todo es el cambio. Porque en el fondo, la realidad es un paso continuo del ser al no ser y del no ser al ser; es una identidad de ser y de no ser. Hay una identidad de fondo entre los contrarios. Heráclito asume la contradicción como nuclear en la realidad y en la vida.

2) La Escuela de Elea. Tres filósofos encontramos en la ciudad de Elea, próxima a la actual Salerno, en los que todo indica una relación de magisterio-discipulado. Por este orden cronológico: Jenófanes (h. 530 a. Jc.), procedente de Colofón (Asia Menor) y probable fundador del grupo. Parménides (540-470 a. Jc.), el más destacado, autor de un poema en hexámetros titulado Sobre la Naturaleza. Zenón, discípulo de Parménides y famoso polemista, autor de divertidas paradojas o aporías a favor de los postulados de Parménides.

Parménides parte de una contraposición neta entre el conocimiento sensible (apariencia) y el racional (realidad). Existe un fragmento que se interpreta en este sentido: “Lo mismo es el ser y el pensar”. El pensamiento es el camino que conduce al ser, a lo real, a lo verdadero. Los sentidos sólo nos proporcionan opiniones, apariencias engañosas.

Y, prosigue el filósofo eleata, lo que el pensamiento nos dice es que: “el ser es, y el no-ser no es”; principio perfectamente evidente para nuestra inteligencia.

Pues bien, razonando de manera deductiva a partir de este primer principio racional, Parménides sostiene que el ser es uno (continuo), idéntico, inmóvil y eterno. Con ello se posiciona justo en el extremo contrario a las afirmaciones de Heráclito: el movimiento –el paso del ser al no ser y del no ser al ser– es aparente, los sentidos nos engañan al hacernos pensar que hay diversidad de cosas, que éstas están sujetas al cambio, que nacen y perecen. La única verdad es que todo es uno y lo mismo, que no cambia, que no tiene principio ni fin.

Zenón de Elea es famoso por sus aporías de Aquiles y la tortuga, y de la flecha y la diana. Intenta mostrar que el movimiento es impensable. Cuando un corredor o un proyectil sale de su punto de partida tiene que recorrer una infinidad de espacios intermedios, no sólo para llegar a su meta sino incluso para cambiar de lugar. Zenón pretende poner frente a frente la razón y la experiencia sensible: los sentidos nos dicen que los objetos se mueven; la razón muestra que tal cosa es imposible o al menos impensable (inexplicable).

2.- FILÓSOFOS PLURALISTAS

Aunque abarcan un arco cronológico muy amplio (Demócrito es ya contemporáneo de Sócrates), suelen agruparse estos autores por la similitud de su enfoque al tratar sobre el origen de todas las cosas. Todos ellos encuentran difícil explicar con un solo arjé la enorme diversidad de los seres y de los acontecimientos del mundo, y se advierte en ellos un cierto afán de conciliación e incluso un eclecticismo o mezcla de aportaciones anteriores.

Empédocles (h. 450, + entre 435-430 a. Jc.) nació en Agrigento, al sur de Sicilia. Escribió varios poemas, uno de ellos titulado Sobre la Naturaleza. Sus preocupaciones se dirigen hacia la cosmología, y destaca en él su enfoque ecléctico: toma elementos de otros autores y procura conjuntarlos de forma armónica. Acepta también que los sentidos pueden aportar conocimientos válidos, junto con la inteligencia.

Sostiene que existen cuatro elementos irreductibles entre sí, de los que están compuestas las cosas, en diferente proporción: aire, agua, fuego y tierra. Y además hay dos fuerzas naturales antagónicas, el amor (eros) y el odio (polemós), que alternan cíclicamente su preponderancia respectiva, dando así lugar, al influir sobre los cuatro elementos, a la alternativa aparición y desaparición de las cosas del mundo. Éste, tal como nosotros lo conocemos, se halla en una fase intermedia, en la que la influencia del amor y del odio está dentro de una proporción similar.

Anaxágoras (h. 460, + entre 430 y 425 a. Jc.) es jonio, de Clazomenes, y fue el que introdujo la filosofía en Atenas, de donde tuvo que huir precipitadamente acusado de ateísmo, ya que afirmaba que el sol no era un dios sino una piedra incandescente.

Una de sus afirmaciones más conocidas es la que dice que “todo está en todo”, que existe una íntima relación y pertenencia recíproca entre las cosas. Éstas están compuesta por unas partículas invisibles, que Anaxágoras llama semillas u homeomerías. Se trata de ‘partículas elementales’, indivisibles, cualitativamente distintas unas e otras. Hay tantas como tipos de cosas. Todas ellas están presentes en todas las cosas, pero en distinta proporción, lo que hace que las cosas sean de un tipo o de otros y que al mismo tiempo tengan propiedades y cualidades comunes según los casos.

¿Cómo se distribuyen las homeomerías para dar lugar a las cosas? A partir de un desorden (kaos) inicial, una Mente (Nous) que se halla fuera del mundo, que conoce todas las cosas y tiene poder sobre ellas, introduce el movimiento que agita las partículas que se hallaban en el kaos inerte y las ha ido ordenando hasta que se ha configurado el cosmos que nosotros conocemos.

Grecia, cuna de la filosofía

Demócrito, natural de Abdera (h. 420 a. Jc.), y discípulo de Leucipo, escribió numerosas obras que se han perdido pero de las que nos quedan numerosos fragmentos. Se conoce su doctrina con el nombre de atomismo y es considerado como el primer gran materialista de la historia de la filosofía.

Sostiene que todas las cosas están formadas a partir de átomos, partículas indivisibles, cualitativamente iguales. Sólo se diferencian por su figura, tamaño, orden y disposición. Flotan en el kaos o vacío, donde son agitados por un movimiento que hace que choquen entre sí, que permanezcan enlazados por algún tiempo y que finalmente se vuelvan a separar, de forma que las cosas que se van formando, están hechas todas ellas de lo mismo. Todos los seres son en el fondo lo mismo, sin diferencia cualitativa alguna.

Su aparición y desaparición no obedece a ninguna causa ni finalidad, es fortuita y responde estrictamente a las condiciones mecánicas que los originan. En este ámbito no existe libertad, ni racionalidad o intencionalidad, ni sentido trascendente de ningún tipo.