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PECADO ORIGINAL

Es un hecho evidente la fractura existente entre el estado y condición actual de la naturaleza humana y la plenitud que parece corresponderle de acuerdo con la excelencia de sus capacidades y con su vocación divina original.           

            Según la doctrina cristiana, la naturaleza humana, participación privilegiada del ser divi­no, se ve afectada por una debilidad que, aunque adquirida y no cons­titutiva, la hace verse sujeta a la ignorancia, al sufrimiento y la muerte, e inclinada al desorden y al mal. La primera caída, por un acto de desconfianza y de soberbia, rompió la amistad primigenia entre el hombre y Dios, y ha afectado a la naturaleza humana que es transmitida desde la primera pareja en un estado caído. Esta ruptura de la relación primera con el Creador no es definitiva porque Dios, decide redimirlo y restaurar el vín­culo original por medio de un acontecimiento decisivo: la Encarnación del Verbo.

La naturaleza caída ha sido regenerada redimida por Cristo, pero sus consecuencias se dejan sentir: muerte, debilidad de la inteligencia y la voluntad, desorden de operaciones, inclinación al pecado personal…, afectando a cada individuo. Sin embargo, la naturaleza humana sigue siendo capaz en todo momento de alcanzar la verdad y de elegir el bien, aunque con ayuda de la gracia (virtudes y dones sobrenaturales) en orden a la salvación.

            La cuestión del pecado original se impone en sus efectos, puede decirse, por razones empíricas. Es una evidencia que “algo hay” en la naturaleza y en la historia humana que manifiesta una quiebra o desorden, y que reclama explicación. Terencio o Virgilio, entre los latinos, se habían expresado en términos muy similares a los de San Pablo acerca de una extraña “ley interior” que nos inclina a buscar y hacer el mal que no queremos. G. K. Chesterton escribió, irónicamente, que «algunos nuevos teólogos niegan el pecado original, que es la única parte de la teología cristiana que puede de verdad ser probada».

Sorprende por ejemplo que Max Horkheimer, el representante más eminente de la Escuela de Frankfurt, postmarxista, fundamenta explícitamente su “teoría crítica” en la doctrina del pecado original, al sostener que toda civilización es producto de un “pasado horroroso”, de un cúmulo de acontecimientos sangrientos lamentables, generándose así un sentimiento de culpa en las civilizaciones que moviliza en ellas mismas la necesidad de transformación. Para él el pecado original no es un dogma religioso, sino una verdad elemental de experiencia.

Puede parecer que esta idea trae la doctrina del pecado original por los pelos, pero escribe así Horkheimer, siguiendo a su vez una intuición de Schopenhauer: «la doctrina más grandiosa de las dos religiones, la hebrea y la cristiana, es la del pecado original. Esta doctrina ha determinado hasta ahora la historia y todavía la determina para los que de verdad piensan. Esta doctrina es posible solamente con el presupuesto de que el hombre ha sido creado por Dios y dotado de libre voluntad. La primera cosa que el hombre hizo fue cometer este gran pecado en el paraíso, y es sobre esta base que toda la historia de la humanidad necesita de una explicación teológica».

En el transcurso de la historia de la filosofía, la cuestión del pecado original se traduce por la cuestión de si el ser humano se basta a sí mismo o no; y en consecuencia, si puede o no salvarse a sí mismo. En la Modernidad y la postmodernidad se dan los dos extremos: optimismo (Rousseau, ilustrados) y pesimismo antropológico (Lutero, Hobbes, postmodernos) radicales. Una mirada más equilibrada parece más bien la que se ofrece en el marco de la “filosofía cristiana” (para ser más precisos, en el de la reflexión católica).

Ciertamente, el dogma del pecado original ofende el orgullo del hombre, ya que le dice que está herido en su voluntad y en su libertad, y que es incapaz de vencer el mal con sus solas fuerzas. Es un hecho que “algo hay” que no permite hablar de una humanidad intachable. Aceptamos de mejor grado que se nos hable de defectos y limitaciones, pero la sola mención del pecado requiere humildad.

            El hombre no es malo por naturaleza, sino perfectible y defectible. La suya es una naturaleza caída. Con la redención, Cristo ha vuelto a dar definitivamente al ser humano la dignidad y el sentido de su existencia. En este centro la historia humana halla también su pleno sentido.

            La unión de pertenencia a Cristo -a la que se accede por el bau­­tismo- borra el pecado original y devuelve al hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal,persisten en el hombre y hacen de su vida un combate espiritual.

            Las consecuencias en nuestra naturaleza del pecado original tienen repercusiones pedagógicas y morales. Preferimos lo fácil y lo cómodo a lo bueno y tendemos a anteponer nuestro egoísmo a la generosidad y a la justicia. Ello acentúa el valor educativo del esfuerzo, además, claro está, de hacer necesaria también la ayuda sobrenatural de la gracia. Ignorar este punto da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres.

            La vida del hombre sobre la tierra, así pues, es una lucha, una tarea moral, en la que el ser humano ha de empeñarse continuamente para adherirse al bien, aunando su esfuerzo con la ayuda sobrenatural de Dios para lograr la unidad en sí mismo, con Dios, con sus semejantes y con la creación.