PANENTEISMO
La palabra “panenteísmo” fue acuñada por Karl Christian Friederich Krause (1781-1832), filósofo idealista alemán, masón y coetáneo de Hegel. El término alcanzó amplia difusión en Estados Unidos a través de Charles Harsthorne. A menudo se utiliza ambiguamente, de maneras más o menos similares, y debe ser entendido en cada caso de acuerdo con su uso concreto.
Con frecuencia -y con razón, creemos-, se identifica o confunde panteísmo y panenteísmo. De un modo algo simple se puede decir que, para el panteísmo, TODAS las cosas son Dios; mientras que el panenteísmo sostiene que Dios ESTÁ en todas las cosas, pero estas no son Dios. Ello implicaría, entre otras cosas, que si las criaturas se hallan en proceso o desarrollo, Dios también lo estaría, cosa que no parece sostenible.
El panenteísmo se ha divulgado en ciertos ambientes gracias a las obras de Pierre Teilhard de Chardin. Algunos se apoyan en la expresión de San Pablo en el Areópago de que “en Dios vivimos, nos movemos y existimos”. (Hch. 17) También suele considerarse que la distinción entre “natura naturans” y “natura naturata”, atribuida al neoplatónico Proclo y sostenida con diversos matices, entre otros, por Escoto Eriúgena, Averroes, Nicolás de Cusa, Spinoza e incluso Hegel, supondría una postura panenteísta.
El panenteísmo viene a ser una mezcla de teísmo (afirmación de Dios) y panteísmo (todo es Dios) y se suele presentar como una “síntesis” que supera ambos. Enseña específicamente que Dios es más grande que el universo y que el universo existe dentro de Dios. Por lo tanto, en realidad se distingue del panteísmo (que cree que Dios es todo), así como del teísmo (que enseña que Dios es distinto de su creación).
Si todas las cosas son “parte de Dios” como enseña el panenteísmo, la adoración de Dios y otros seres podrían coexistir sin conflicto. Sin embargo, la revelación judeocristiana insiste en adorar solamente a Dios.
La doctrina de la participación desarrollada por Santo Tomás de Aquino vendría a ofrecer una alternativa sistemática y consistente a la ambigua concepción del panenteísmo: Las cosas creadas tienen ser, participan del ser, pero no son el ser; y Dios es el Ser por esencia (Acto Puro de ser). Con respecto al acto puro de ser, cualquier perfección o realidad tiene carácter de participante: todo ente creado participa del Ser en plenitud, tiene ser; sólo Dios es su propio ser. La participación en el orden trascendental no es otra cosa que la creación.
Dios da el ser a la criatura -y todas sus demás características- haciéndola depender de Él, y por ello Dios está íntimamente presente (de manera causal, no esencial) en ella, dándole el ser y conservándolo en él. Sin embargo, el ser que tienen las criaturas lo tienen y ejercen como propio. El ser es propio en cada ente y así le ha sido dado por Dios.
La participación trascendental (del ‘ser por participación’, la criatura, en el ‘Ser por esencia’, el Creador) permite concebir sin problema, por un lado, la trascendencia absoluta de Dios (Ipsum Esse) respecto de las criaturas, que dependen de Él; y a la vez la autonomía de éstas, que son sujetos de su propio ser, de su naturaleza y actuar (en el caso del ser humano, de su actuar libre).
