RESURRECCIÓN (de la carne)
La "resurrección de la carne" significa que después de la muerte ho habrá solamente vida para el alma inmortal, sino que también nuestros humanos "cuerpos mortales" (cfr. Rm. 8, 11) volverán a tener vida. El término "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y mortalidad (Cfr. Catecismo Iglesia Católica, 988 y ss; Gn. 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). Se trata de una doctrina revelada en el seno del cristianismo.
- I -
Una antropología que pretende ser integral deberá tener en cuenta dos elementos: la búsqueda de una vida significativa, vivida de lleno junto con los demás hombres, como fruto de una libertad plenamente injertada en el mundo, por una parte, y el afán de autonomía y libertad permanentes de la propia individualidad, por otra. Pero ¿es posible superar este dilema y hablar al mismo tiempo de una inmortalidad de la vida del hombre, y la inmortalidad del “yo” humano? (…)
Friedrich Nietzsche ha sabido detectar y revelar el común materialismo de fondo del pensamiento clásico en su doble vertiente (inmortalidad de la vida, inmortalidad del “yo”), y ofrecer, aunque sea indirectamente y sin quererlo, una pista de solución al dilema. «Una sola cosa es necesaria», decía en La Gaya Ciencia, y es ésta, que «el hombre adquiera su propia realización por sí mismo y consigo mismo, sea por la poesía, sea por el arte…» [Nietzsche, F. La Gaya ciencia, 1895, n. 290]. En otras palabras, el hombre para Nietzsche obtiene la inmortalidad y la plenitud con los propios medios, con lo que tiene a su inmediata y autónoma disposición, o no lo obtiene. Retomando las dos modalidades de inmortalidad antes reseñadas, el hombre podría adquirir una vida perpetua o bien con un intenso obrar propio, un actuar que antes o después gasta su ser individual, dejándolo extenuado, o bien por ser él mismo espiritualmente inmortal, desde siempre, y por ello, para siempre.
Justo en este punto se percibe la clara diferencia que la fe cristiana introduce en la comprensión del hombre y de su destino, pues se considera la inmortalidad —tenga la forma que tenga— siempre como un don personal que procede de Dios, con la creación del alma espiritual, y luego con la resurrección de los muertos. En efecto, la fe cristiana proclama la esperanza en la resurrección de todos los hombres al final de los tiempos, que lleva consigo una perfecta, perpetua unión entre alma y cuerpo. «Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que El los resucitará en el último día… Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana» [Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 989, 991]. La resurrección tiene su fundamento en el poder de Dios manifestado en Cristo resucitado en la fuerza del Espíritu Santo. Por un lado con la resurrección final se hará justicia definitivamente en la tierra, y en este sentido se trata de la realización última de cada hombre, de cada individuo, de cada alma. Al mismo tiempo, con la resurrección adquiere un estatuto definitivo y permanente el cuerpo humano, y con él, la vida, la historia y la estructura social del hombre.
En palabras de Romano Guardini, «la resurrección del cuerpo quiere decir la resurrección de la vida vivida, con todo el bien y todo el mal…; es la historia del hombre» [Die letzten Dinge, 69]. Se trata de una posición común entre muchos teólogos del siglo XX [cfr. O’Callaghan, La muerte y la esperanza, Palabra, 2004 64-74]: el hombre, cada hombre, resucita para siempre con la propia vida, la propia biografía, su propia identidad plasmada paso a paso durante su historia personal. Esta visión se muestra capaz de integrar a fondo los dos aspectos de la inmortalidad humana frente a la muerte. Al mismo tiempo, el pensamiento cristiano centrado en la resurrección logra evitar la banalización de la muerte humana que resulta o bien de la pura aniquilación del individuo, de sus proyectos y aspiraciones, o bien de la mera sobrevivencia de un espíritu humano capaz de pasar, impertérrito e inalterable, a través de sucesivos nacimientos y muertes.
¿Es la resurrección una explicación filosóficamente válida para comprender la inmortalidad? Podemos hacer la siguiente observación. La resurrección es una doctrina revelada; en su actuarse requiere la intervención directa del Dios omnipotente. Y si es así, no parece factible incluirla en una reflexión sobre la muerte y la inmortalidad que quiere ser filosófica. ¿No sería más acertado, más racional dar un peso mayor a la muerte humana que, por lo menos a nivel empírico, parece indicar la eliminación eventual del hombre, de todo hombre?
Dejando por el momento el hecho de que según la Escritura y la enseñanza de la Iglesia, la muerte del hombre no es puramente natural, sino el resultado del pecado [Ibid. 47-54], hay que tener en cuenta que la resurrección de los muertos debe ser considerada una verdad sobrenatural y natural a la vez. Así lo dice Santo Tomás de Aquino [IV C.G., 80]. Sobrenatural en lo que se refiere a la causa eficiente, Dios, quien resucita a los hombres al final de los tiempos; y natural en lo que se refiere a la causa final, porque confirma que la constitución fundamental del hombre estriba en la profunda y perpetua unión entre alma y cuerpo. Desde este punto de vista, la doctrina de la resurrección final ha servido a lo largo de la historia del pensamiento cristiano como un catalizador decisivo para el desarrollo de una antropología filosófica integral [Pozo, C.: La teología del más allá, BAC, 1992, pp. 351-368].
PAUL O’CALLAGHAN. ( https://www.philosophica.info/voces/muerte-inmortalidad/Muerte-inmortalidad.html#Nietzsche1895 )
- II -
Santo Tomás de Aquino (1225-1274) va a superar el “impasse” generado en el pensamiento aristotélico, en el que no se ve claro cómo afirmar a la vez la unidad sustancial del ser humano, alma y cuerpo, y la inmortalidad del alma. Y además mostrará la “razonabilidad” del dogma de la resurrección de los cuerpos.
Para Tomás de Aquino, el alma humana, sin contradicción ninguna, es al mismo tiempo forma del cuerpo y sustancia, sustancia espiritual. Es una sustancia por tratarse de un compuesto de esencia y existencia; más precisamente, es una esencia o forma dotada de existencia propia, aunque limitada. O, dicho de otro modo: aunque forma una unidad con el cuerpo al que anima, estructura y dota de operaciones, no necesita del elemento material para existir, para ser una sustancia (aunque sin él no está completa). ¿Cómo es posible tal cosa?
Está claro que el alma realiza operaciones corporales, lo que manifiesta una unidad estrecha entre alma y cuerpo. Pero advierte Santo Tomás que el ser humano realiza también operaciones, como el conocimiento intelectual y el querer de la voluntad, con desvinculación del cuerpo. Y como nadie da lo que no tiene, y el modo de obrar sigue al modo de ser, sólo una sustancia inmaterial puede realizar operaciones inmateriales, que trascienden lo corporal.
Si el alma actúa con independencia de la materia, es que su ser también es independiente de la materia. ¿Cómo explicar esta paradoja, que ni Aristóteles ni San Agustín, p. ej., supieron razonar satisfactoriamente?
“El alma tiene existencia subsistente, puesto que ésta no depende del cuerpo, ya que está por encima de la materia corporal –como lo demuestra el que realiza operaciones inmateriales como entender y amar-. Pero el alma admite al cuerpo en su propia existencia y lo hace partícipe común de la misma, de forma que no hay más que una existencia común al cuerpo y al alma, que es la existencia del hombre.” (De spiritualibus creaturis, a.2)
“El ser de las otras formas no existe sino en composición con la materia, pues no rebasan la materia en el ser ni en el obrar. Por el contrario, consta que el alma racional rebasa la materia en el obrar, porque realiza alguna operación prescindiendo de todo órgano corpóreo cual es la de entender. Luego su ser no existe únicamente en la composición de la materia. Por lo tanto, su ser, que era el del compuesto, permanece en ella al corromperse el cuerpo y, reparado el cuerpo en la resurrección, vuelve a tener el mismo ser que permaneció en el alma.” (Suma contra Gentiles, cap. LXXXI, ad 3)
Determinadas operaciones son espirituales, por ejemplo: la captación de lo que una cosa es, elaborar conceptos universales, concebir lo inexistente y la negación misma, amar oblativamente, arrepentirse, perdonar, prometer… Todas ellas trascienden, diríamos hoy, lo biológico. Luego el sujeto que las realiza es él mismo, en su ser, “transbiológico” (espiritual), y por ello trasciende la “muerte biológica”.
Así pues, el ser del hombre incluye, pero al mismo tiempo supera, lo material, y es una realidad unitaria, una sustancia. La muerte no es el fin del alma porque su acto de ser rebasa la animación del cuerpo. Es en sí misma una sustancia intelectual o espiritual, recipiente de una existencia propia que no depende de su composición con lo material. Dicho de otro modo, si es espiritual, es inmortal. Pero...
…Pero el “alma separada” no está completa, aunque tenga subsistencia propia. Es una sustancia cuya naturaleza o esencia incluye la animación de una materia. Por eso, permanece “anhelando” la unión con ella, con su cuerpo, del que era forma y principio de operaciones. Esto no demuestra la “resurrección de la carne”, pero “encaja” o concuerda con un dato que sólo puede ser conocido por revelación.
(ANDRÉS JIMÉNEZ ABAD)
