VERDAD
El término y el concepto de verdad son análogos, se emplean en sentidos distintos pero estos tienen siempre algo en común. Y así podemos hablar de distintos tipos o sentidos de la verdad.
a) La verdad de las cosas, sentido ontológico de la verdad.
En primer lugar, la verdad se dice de la realidad: Hablamos de una moneda verdadera (auténtica) o falsa, decimos de alguien que es un verdadero amigo. Es la verdad de las cosas. En este sentido, la verdad viene a ser lo mismo que la realidad. Lo real subsiste con independencia de mí, no tiene en mí su fundamento.
Una cosa es verdadera en la medida en que es real, en que es lo que es y responde a su ser genuino: cada cosa en sí misma es verdadera. En todo caso se añade un matiz: llamamos a las cosas verdaderas porque son el fundamento que respalda la verdad de lo que conocemos.
Porque las cosas son lo que son y presentan consistencia, podemos conocerlas, aunque no siempre se las conozca del todo. Así pues, porque hay ser –el ser de las cosas- y porque éste presenta consistencia –es idéntico a sí mismo-, puede haber verdad; es decir, nuestro conocimiento puede acceder a conocimientos consistentes. La realidad es inteligible porque es (y es lo que es). Negar que existe la verdad de las cosas equivale a rechazar la consistencia de lo real, sostener que las cosas no son lo que son. Dicho de otro modo, es sostener que la realidad es contradictoria consigo misma. Sin embargo, una contradicción no puede sostenerse: la contradicción no se puede dar en la realidad y tampoco puede ser pensada coherentemente.
b) La verdad del conocimiento, o sentido formal de la verdad.
La verdad en su sentido más propio es una cualidad de nuestro conocimiento, y más concretamente del conocimiento intelectual. Consiste en la adecuación de nuestro entendimiento a las cosas. El conocimiento es fruto de esta adecuación. Un conocimiento que no fuera efecto de la verdad no sería un conocimiento, ya que conocer falsamente algo equivale sencillamente a no conocerlo.
La verdad de nuestros enunciados y juicios no es producida por nosotros, sino descubierta, cuando el conocimiento se lleva a cabo con el adecuado rigor. Por ello, la verdad no depende de quien la dice, sino de que su contenido –lo que se afirma o niega en nuestros juicios- sea acorde con la realidad. Es conocida al respecto la expresión de Antonio Machado: “La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.” (Juan de Mairena)
La verdad se halla en las cosas como en su fundamento o causa –es la dimensión o sentido ontológico-; pero en sí misma, la verdad se halla en nuestro entendimiento.
Que existe la verdad del conocimiento significa que la inteligencia es capaz de elaborar juicios verdaderos, aunque también cabe una operación defectuosa del entendimiento, y entonces nos hallamos ante el error. El error consiste en afirmar lo falso como verdadero; es lo propio de un juicio no conforme con la realidad.
c) La verdad como veracidad o sentido moral de la verdad.
Se refiere a la correspondencia entre lo que sabemos o pensamos y lo que decimos o manifestamos. Si lo contrario de la verdad de las cosas era la contradicción (la “no-realidad”), y lo contrario de la verdad del conocimiento era el error, lo que se opone a la verdad como veracidad, en su sentido moral, es la mentira: decir o manifestar lo contrario de lo que pensamos o sabemos con intención de engañar.
La verdad moral es la autenticidad de la persona que muestra una adecuación y coherencia entre su ser, su conocer y su obrar o manifestación; es también lealtad hacia las demás personas.
d) La verdad como” inspiración”, o sentido antropológico de la verdad.
A partir de las últimas consideraciones, cabe advertir otra dimensión más honda aún de la verdad. ¿Qué ocurre a una persona cuando encuentra la verdad? Todo ser humano está abierto constitutivamente a la realidad, lo cual se manifiesta, entre otras cosas, por su afán de saber, por su deseo radical de verdad.
Por eso, la experiencia del descubrimiento, de dar con una verdad en distintos órdenes de la vida produce algo así como una conmoción. Precisamente la admiración –una conmoción del tipo que venimos explicando- fue el origen de la actividad filosófica; el asombro ante una realidad desbordante, que excede el poder del hombre y que muestra un orden y una belleza que llega a sobrecoger. Como ha escrito Leonardo Polo, “el encuentro con la verdad se transforma en punto de partida. La verdad encontrada dispara un proceso interior porque es una fuente de inspiración que antes la persona no tenía." No se trata solamente de buscar la verdad, sino de realizarse a partir de ella, de acuerdo con el carácter efusivo del ser humano y la índole donante o trascendental de la libertad. Y eso es el amor humano.
e) La verdad práctica, o sentido prudencial de la verdad.
Este es un tipo de verdad que no se refiere a un conocimiento teórico que contempla datos necesarios, sino a acontecimientos “contingentes”: Dos y dos son siempre cuatro, pero para viajar a otra ciudad, por ejemplo, se pueden usar distintos caminos y medios de transporte y, aunque en algunos casos uno de ellos sea el mejor, en otras circunstancias cabe que lo sea otro.
Caben en estos casos varias soluciones válidas, o las circunstancias pueden invalidar o dar validez a otras distintas. Aquí nos movemos en el terreno de lo probable, donde son admisibles diferentes opiniones y diversas soluciones convencionales. Sin embargo, en ningún caso es posible que una verdad práctica entre en contradicción con la verdad teórica. Por ejemplo, en el terreno moral, un norma de tráfico o una decisión de jurisprudencia no pueden atentar contra los derechos fundamentales de la persona.
