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DEÍSMO

Una derivación o versión “débil” del Dios racionalista será la del deísmo del siglo XVIII (Cherbury, Toland, enciclopedismo: Voltaire, Rousseau…) El dios de la filosofía se disocia del Dios de la religión (revelada), concluyendo en la negación del segundo; no hay otra “religión” que la religión filosófica o natural.

El deísmo admite la existencia de un Ser supremo, creador (arquitecto) y diseñador del universo físico, pero impersonal, distante y lejano, que no interfiere en el mundo, en el destino del ser humano y de la historia. Por supuesto niega igualmente la idea de una revelación divina y de religiones fundadas en lo sobrenatural. La lucha contra el aspecto sobrenatural de la religión cristiana ha sido uno de los aspectos sobresalientes del deísmo. 

A diferencia del deísmo, el teísmo afirma un Dios personal y trascendente, creador, omnipotenete y providente, que se interesa por el mundo y puede intervenir en él. Se abre también a la posibilidad de una religión revelada y al orden sobrenatural.

El deísmo, al definir a Dios a la medida de un modelo de conocimiento humano reduccionista -el Racionalismo-, acabó de despojar a Dios de sus atributos principales. Será un “Dios relojero” o “ingeniero, arquitecto”…, creador pero distante. Sólo servirá como explicación del “cielo estrellado” y del orden de la “ley moral” y del orden político.

Pero más que Dios, lo que el deísmo propugna es la “idea de Dios”. De esta “idea” habla Voltaire cuando escribe que “si Dios no existiera, habría que inventarlo”. En el fondo, se trata de una hipótesis, útil en principio, pero que más tarde o más temprano se verá como inservible frente a las leyes físicas y al poder del consenso social. El único Dios admisible aquí es un Dios que no rebasa el alcance de una razón que solo mira hacia sí misma, no hacia la realidad como tal.

Parece claro, por lo demás, que un “Dios inventado” -o “inventable”- no puede ofrecer una explicación suficiente, no solo al origen del universo y a la legalidad moral, sino a la existencia humana en todo su dramatismo y singularidad, así como a la necesidad de encontrar el porqué, el sentido a la realidad en su conjunto y de saber si ésta le importa a su alejado Creador.

El Dios de la “religión natural”, que sólo puede ser aceptado si encaja en los límites y esquemas de la razón humana, acabará siendo confundido -es lo coherente, aunque resulte decepcionante- con la razón misma, y en el fondo con el propio ser humano. Una razón que incuso llega a asumir el lugar central de Dios, juez de lo verdadero y de lo falso, de lo que es y lo que no es: la "diosa Razón". De hecho, los ilustrados enciclopedistas deificarán explícitamente a la Razón humana.[1]

 

[1] “El 10 de noviembre (20 de Brumario) de 1793 se dio culto, en Notre Dame de París, a la libertad y a la razón encarnadas en una prostituta que se erguía en lo alto de un pedestal. Notre Dame quedó como templo de la razón. Poco tiempo después, todos lo templos de la capital quedaron consagrados a la razón. Hubo procesiones cívicas y procesiones sacrílegas que ridiculizaban imágenes y ornamentos. El cristianismo se daba por concluido. No quedaba más que la diosa Razón en la Tierra y el Ser Supremo retirado e indiferente en su rincón del cielo.” (C. Valverde: Génesis, estructura y crisis de la Modernidad. BAC, Madrid, pág. 228)